“La verdadera medida de un país se encuentra en cómo trata a quienes mueren por él.” (José Ortega y Gasset)
Hay muertos que revelan la verdad de un país y funerales que desenmascaran la miseria moral de quienes lo gobiernan. Los guardias civiles asesinados tras la persecución de una narcolancha no cayeron en una guerra lejana ni en un relato simbólico para el telediario. Fueron abandonados en una España real, degradada, descompuesta y humillada, donde el narcotráfico se pasea con arrogancia mientras demasiados dirigentes políticos administran el poder desde la desvergüenza, la cobardía, el cálculo y la propaganda.
Y después llegó la segunda muerte: el desprecio y la indiferencia.
No asistir a las honras fúnebres de quienes dieron la vida cumpliendo su deber no es un descuido institucional ni un problema de agenda, es, sencilla, lamentable y obscenamente una declaración de inmoralidad. ¿Qué clase de dirigente político puede dormir tranquilo mientras unas viudas entierran a sus maridos y el poder permanece escondido detrás de coches oficiales, asesores y comunicados vacíos?
No hablamos solo de ausencia, hablamos de ultraje, porque cuando el Estado no abraza ni honra a sus muertos, el Estado y quienes lo representan se pudren por dentro. Es insoportable escuchar después palabras solemnes sobre democracia, convivencia o servicio público pronunciadas por quienes no tuvieron siquiera la dignidad de inclinar la cabeza ante los féretros. La hipocresía alcanza niveles de miseria humana insoportable cuando quienes exigen sacrificios, obediencia y compromiso a las fuerzas de seguridad son incapaces de compartir con ellas su duelo y su dolor.
Los guardias civiles -los héroes hoy de nuestra España- no murieron protegiendo a un partido, sino defendiendo a toda la sociedad. También a quienes luego no fueron capaces de acudir a despedirlos. Y ahí surge la pregunta más devastadora: ¿qué ha ocurrido en la política española para que algunos gobernantes hayan perdido la noción elemental de la lealtad humana? La lealtad no consiste en colgar una bandera en un despacho ni en redactar mensajes prefabricados en redes sociales. Consiste en estar presente cuando el dolor golpea. Mirar a los ojos a una madre destrozada, a unos hijos huérfanos, a unos compañeros quebrados por la rabia y la impotencia. Asumir que hay momentos en los que el cargo obliga a algo más que posar frente a una cámara.
Pero muchos solo sienten el peso de la estrategia, porque han convertido la política en un macabro ejercicio de marketing emocional donde cada gesto se evalúa según su rentabilidad ideológica. Cuando el dolor de unos guardias asesinados no encaja en determinados relatos políticos, aparece el silencio, la distancia, la ausencia… el desprecio más absoluto.
Una ausencia que ofende, que humilla y que revela hasta qué punto algunos dirigentes viven desconectados del sufrimiento real de la nación que dicen gobernar. Mientras, las familias entierran a sus muertos con una mezcla insoportable de orgullo y abandono. Orgullo por quienes dieron la vida cumpliendo con su deber. Abandono porque descubren que hay instituciones capaces de exigir heroísmo a sus servidores pero incapaces de ofrecer algo tan básico como respeto.
No estamos ante una simple crisis de seguridad frente al narcotráfico, estamos ante una crisis moral del poder, una élite que ha perdido la capacidad de sentir vergüenza y que ya no entiende el significado del honor, del deber ni de la solidaridad con los caídos, sus familiares y compañeros. Todo un gobierno, veintidós ministros, no tuvieron ni vergüenza ni dignidad como para asistir a un funeral, sin excusa alguna, y aún conservan el cargo; han perdido para siempre la autoridad moral, dejando un vacío imposible de llenar, porque, como señalaba Octavio Paz, «quien olvida a los muertos enseña a los vivos a no respetar la vida». Un país gobernado por políticos sin autoridad moral se encuentra al borde de la descomposición ética y, por supuesto, democrática.
Los tiranos no acuden a despedir a sus víctimas y todos nosotros quedamos huérfanos de su ética, obligados a cargar con el peso insoportable de su indiferencia.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Mis respetos a esos héroes caídos y sus familiares.
Y a ti por definir tan claramente la falta de ética y moral de los sinvergüenzas que nos gobiernan.
Por supuestísimo me sumo a tus respetos que a su vez forman parte de los millones de ciudadanos de bien que rechazan la injusticia a la que, desde la pura ideología y el perverso interés político, se está sometiendo a nuestros héroes de hoy.
Un beso.