Bilis como argumento©

por | Oct 1, 2025 | 0 Comentarios

“Quien no tiene ideas, acaba usando la saliva como munición.” (Anónimo)

Cristina Fallarás ha declarado recientemente “Las ideas de VOX no merecen respeto… las de quienes votan a VOX tampoco merecen respeto. Ni VOX ni sus votantes”. Una afirmación así no es un mero exabrupto en redes sociales, sino un ejemplo preocupante de cómo algunos sectores entienden la democracia, no como el espacio donde conviven las diferencias, sino como un terreno donde se aniquila al discrepante.

La esencia de una sociedad libre reside precisamente en lo contrario, en garantizar que incluso aquello que no compartimos pueda expresarse. Negar legitimidad política a millones de españoles que han votado una opción democrática, guste más o menos, es dinamitar los cimientos del pluralismo. Como advirtió Raymond Aron, “la intolerancia de los intolerantes es la única que la democracia no debe aceptar”, porque, y esto es lo peor, es alentar un clima de odio que fácilmente se transforma en hostigamiento, violencia o desprecio hacia quienes ejercen su derecho ciudadano.

El insulto puede resultar tentador en tiempos de polarización, pero cuando procede de voces públicas, con altavoz mediático, adquiere una dimensión corrosiva. No estamos hablando de una sobremesa familiar donde se exageran posiciones, sino de declaraciones lanzadas a una sociedad crispada, donde cada palabra es munición que enciende el fuego del enfrentamiento – que sea de lo que quizá se trate-

Lo paradójico es que quienes predican tolerancia y se autoproclaman guardianes de la diversidad, -este gremio progre- caen en la peor de las intolerancias, negar la dignidad al otro. No se trata de defender ni justificar ninguna sigla concreta, sino de recordar un principio básico como el que todos los ciudadanos, sin excepción, merecen respeto en tanto que sujetos libres, titulares de derechos y partícipes de la comunidad política.

Personalmente, rechazo de lleno ese discurso de odio. Podría, si quisiera, responder con la misma moneda, devolviendo desprecio con desprecio. Sin embargo, mi educación y mi moral me lo impiden. La libertad de expresión no debería degenerar en licencia para la humillación. Precisamente en la manera de debatir, en la elegancia de disentir, es donde se mide la calidad de una democracia.

A veces conviene dejar que quienes exhiben su frustración lo hagan con toda su bilis. Ellos mismos quedan retratados en el espejo de su intolerancia y podredumbre moral. Pero no confundamos silencio con complicidad. Callar ante estos excesos es permitir que se normalice la exclusión. Y lo cierto es que España necesita justo lo contrario, un clima de respeto, una cultura política que sea capaz de disentir sin anular, de confrontar sin deshumanizar.

Y puestos a hablar claro, hay que reconocer que este tipo de salidas de tono no cambian nada, solo certifican la pequeñez de quien las pronuncia. Porque mientras Fallarás se desahoga en Twitter con frases que no pasarán a la historia —ni siquiera al pie de ninguna página—, millones de españoles siguen creciendo en las encuestas, consolidando un proyecto político que ya nadie puede esconder bajo la alfombra. Esa es la gran ironía, tanto ruido para acabar convertida en el mejor cartel publicitario del adversario. En fin, qué pena dar lecciones de democracia y terminar siendo recordada como un pie de foto en el álbum de la frustración y la carcajada.

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (Arriba lo corazones)

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