Cafés, coartadas y otros eufemismos©

por | Jul 8, 2026 | 4 Comentarios

“El lenguaje político está concebido para hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al puro viento.”
(George Orwell)

Hay mentiras que, al menos y dicho con toda la ironía, exigen un cierto respeto, no por su honestidad, desde luego, sino por el trabajo que requieren. Obligan a imaginar, a preparar el terreno, a construir una coartada con un mínimo de inteligencia. Son como esas novelas policíacas en las que uno acaba admirando al asesino por la elegancia de su trampa. Y luego están las otras, las mentiras perezosas, improvisadas, concebidas para un público al que previamente se considera incapaz de razonar. Ésas ya no son simples falsedades, son, además, una forma de desprecio, y pocas veces ese desprecio ha quedado tan obscenamente retratado como cuando una portavoz socialista despachó el encuentro entre la directora de la Guardia Civil y la “fontanera/cloaquera” del Gobierno, Leire Díez, con una explicación de parvulario: “… habían quedado para tomar un café.”

Confieso que, al escucharla, no sentí indignación, sentí algo peor, una mezcla de asombro y vergüenza ajena, no tanto por la respuesta en sí, sino por lo que revelaba acerca del concepto que ciertos gobernantes tienen de los ciudadanos. Están convencidos de que vivimos anestesiados, de que confundimos las palabras con la realidad y de que basta rebautizar las cosas para que estas desaparezcan. Porque nadie discute que hubiera café, es más, cabe incluso la posibilidad de que estuviera excelente, servido en porcelana fina, acompañado de unas pastas discretamente institucionales y quizá con un leve aroma a canela de Ceilán. Lo enternecedor no es la bebida, sino la pretensión de que el café constituía el objeto mismo del encuentro, porque según esa lógica, las reuniones entre altos cargos y emisarios del poder no son más que degustaciones de café; las conversaciones reservadas, meriendas improvisadas; las maniobras políticas, simples sobremesas y las operaciones de influencia, encuentros entre personas unidas por la noble pasión cafetera.

Pero el problema, naturalmente, nunca ha sido el café. El problema es el lenguaje. George Orwell explicó hace décadas que uno de los primeros síntomas de un poder enfermo consiste en alterar el significado de las palabras. Hoy ya ni siquiera hace falta prohibir la verdad, basta con cambiarle el nombre. Las reuniones pasan a llamarse cafés; las cesiones, diálogo; los privilegios, derechos; la propaganda, información y la manipulación, pedagogía. El diccionario deja entonces de describir la realidad para convertirse en un biombo. Y cuando eso ocurre, el ciudadano deja de ser tratado como un adulto para pasar a ser un menor de edad al que conviene distraer con cuentos de guiñol mientras otros toman las decisiones importantes y, por lo general, contra él.

Lo verdaderamente alarmante no es, por tanto, que alguien mienta. La política convive con la mentira desde que el primer gobernante descubrió que prometer resultaba mucho más rentable que cumplir. Lo alarmante es la escasa calidad de las mentiras contemporáneas, porque ya ni siquiera se esfuerzan, han llegado a la conclusión de que cualquier explicación sirve, por absurda que sea, porque el ciudadano medio, según sus cálculos, ha renunciado a ejercer el sentido común. Y en parte se lo permiten los suyos, esa legión de fieles adiestrados para asentir antes de escuchar, para justificar antes de comprender y para aplaudir antes de pensar. El ciudadano libre todavía compara, sospecha, recuerda y se hace preguntas; el militante domesticado, en cambio, no exige razones, le basta con recibir consignas. No quiere saber qué ha ocurrido, sólo necesita que sus amos le indiquen qué debe decir sobre lo ocurrido. Y ésa es una forma de corrupción especialmente grave, ya que no se conforma con apropiarse del dinero público, de las instituciones o del relato, pretende además apropiarse del juicio de quienes sostienen con sus impuestos, su trabajo y su paciencia todo este decorado de cartón piedra. Mientras el corrupto roba recursos, el soberbio pretende robarnos la inteligencia y por ende la conciencia, y tal vez por eso la metáfora del café resulte tan reveladora, porque no explica una reunión, sino una forma de gobernar, una manera de relacionarse con la sociedad basada en la convicción de que la versión oficial prevalecerá siempre sobre los hechos, por ridícula que sea la coartada utilizada para defenderla.

Conviene, sin embargo, recordar un pequeño detalle que algunos dirigentes parecen haber olvidado, los españoles hemos sobrevivido a imperios, guerras, dictaduras, crisis económicas y generaciones enteras de políticos convencidos de su propia genialidad, por tanto y a estas alturas, por fortuna, todavía sabemos distinguir entre una explicación y una tomadura de pelo. De manera que sí, probablemente tomaron café, nadie lo discute. Lo que algunos nos negamos a aceptar es que, además de invitarnos a creer semejante infantilismo, pretendan cobrarnos la consumición. Porque el café podrá tener cuerpo, aroma e incluso un excelente regusto, sin duda, pero la tomadura de pelo, en cambio, deja siempre el mismo sabor, el de una arrogancia tan descomunal que acaba convirtiéndose en la prueba más contundente de aquello que intentaba ocultar.

 

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (Arriba los corazones)

4 Comentarios

  1. Leonor Pellicer

    Así es por desgracia.
    Y algo también triste es que los políticos de la oposición no nos movilicen para, al menos manifestarnos en contra.

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    • Pellicer

      Asi es como dices Leonor. Lo que parece increíble es que se tenga la sensación de ir aceptando como normal la desvergüenza de estos gobernantes que definitivamente han olvidado para que fueron PUESTOS ahí. Olvidaron lo que SON y lo para lo que ESTÁN. Aún así, no perdamos la esperanza.
      Un abrazo

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  2. Amalia Lateano

    Excelente post
    Se aprecia coherencia en el discurrir. Buena jornada

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    • Pellicer

      Muchas gracias Amalia. Saludos desde el Mar Menor de España.

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