Casa u Hogar, formas de estar y ser©

por | Jul 9, 2025 | 0 Comentarios

“No hay hogar sin presencia, ni presencia sin entrega.”
(Aforismo cristiano medieval)

Siempre he comprendido con nitidez la diferencia entre casa y hogar. Cicerón decía que “el hogar es el refugio sagrado donde el alma encuentra descanso”, y creo -de ser cierto que lo dijera- que no se equivocaba. Aunque a simple vista puedan parecer sinónimos, en realidad reflejan rostros distintos de nuestra forma de habitar el mundo. La casa es simplemente un lugar, el hogar, además, es una presencia. La primera se alza con planos, materiales, cálculo y dinero. El segundo nace de vínculos, símbolos y una manera de sentirse.

Algo parecido ocurre con los distintos rostros del ser humano. Podemos limitarnos a cumplir funciones, o bien decidir habitarlas desde una vocación más profunda. No es lo mismo ocupar un trabajo que ejercer una tarea con sentido. No basta con formar parte de una familia, figurar en una línea en el libro de familia, hay que habitarla. No es suficiente con estar en sociedad, hay que “vivir” la comunidad. Y desde luego, no es igual residir en un país que comprometerse con su destino.

En muchas ocasiones, por necesidad o inercia, vamos saltando de una casa a otra, de un rol a otro, sin detenernos a preguntarnos si aquello que hacemos nos contiene de verdad. Nos enseñaron a responder al deber, no tanto a escuchar el deseo. A cumplir con lo externo, más que a reconocernos desde dentro. Pero hay un momento, casi siempre silencioso, en el que el alma pide pertenencia, pide su hogar. No permanencia, sino pertenencia. Y entonces se abre la gran pregunta, estoy solo de paso o dispuesto a encender la luz y trascender.

La diferencia, aunque parezca sutil, es decisiva. Lo que convierte una casa en hogar no son los muebles, ni siquiera los muros, sino la forma en que nos vinculamos dentro de ella y a pesar de ella. Algo similar ocurre con nuestra identidad. Hay quienes transitan la vida como quien recorre pasillos vacíos, sin tocar nada. Otros, en cambio, encienden una luz, abren una ventana, se sientan, se quedan, … pertenecen.

Esa elección casi siempre invisible, determina el valor de lo que somos en cada uno de nuestros espacios. Nos define más que cualquier título, más que cualquier currículum. Es un gesto íntimo y a la vez decisivo, el de convertir la casa en hogar, incluso en lo profesional, en lo social o en lo ideológico. Porque no basta con estar, también hay que ser. Y no basta con ser, es preciso implicarse.

A veces basta un gesto mínimo, una fotografía sobre una repisa, una silla que no se cambia de lugar, una palabra que se repite como oración íntima. A veces basta eso para que un espacio se vuelva presencia, para que lo cotidiano se transforme en raíz. Y si se me permite la ironía, porque hay que ser de la tierra, pero no como la patata.

He aprendido a elegir lugares donde pueda “quedarme entero” porque allí donde hay hogar, hay calor, verdad y posibilidad. Sin embargo, donde hay casa, solo hay eco, espera, abandono … soledad. Esa es, al fin y al cabo, la elección que he hecho. Y desde ella, miro al mundo y los caminos que se me ofrecen, como hace unos días le comentaba a un amigo, aunque sean para llevarme a ninguna parte.

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (Arriba los corazones)

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