«La neutralidad ayuda siempre al opresor, nunca a la víctima.»
(Elie Wiesel)
Hay consignas que nacen con vocación moral y terminan convertidas en refugios cómodos para evitar pensar. “No a la guerra” es una de ellas. Durante décadas ha sido repetida con una seguridad casi litúrgica, como si bastara pronunciarla para situarse automáticamente del lado correcto de la historia. Sin embargo, la realidad rara vez se somete a la simplicidad de los eslóganes. El mundo no se divide con tanta facilidad entre quienes desean la paz y quienes anhelan la guerra. A veces la línea que separa ambos conceptos pasa por estadíos mucho más incómodos. La guerra, entendida como ambición o conquista, merece una condena sin reservas, ninguna sociedad civilizada puede celebrarla ni justificarla, pero existe otra dimensión del conflicto que el pacifismo de pancarta prefiere ignorar, aquella en la que la violencia ya ha sido impuesta por el tirano y la única pregunta moral que queda es si el resto del mundo está dispuesto a detenerla. En ese momento, repetir “No a la guerra” puede convertirse, paradójicamente, en una forma de resignación, por tanto aceptación, ante la injusticia.
La historia ofrece ejemplos suficientes para comprenderlo. Las grandes tragedias del siglo XX no terminaron porque alguien pidiera amablemente a los dictadores que depusieran sus armas, terminaron porque hubo pueblos que entendieron que la paz verdadera no consiste en evitar el conflicto a cualquier precio, sino en impedir que el abuso se convierta en norma. La paz sin justicia no es paz, es silencio impuesto por el miedo, y ese silencio es precisamente el terreno en el que prosperan los regímenes que utilizan el poder como instrumento de opresión. Cuando una tiranía convierte la represión y el crimen en política de Estado, cuando la libertad se castiga y la dignidad se persigue, la neutralidad moral deja de ser prudencia para convertirse en complicidad involuntaria.
En estos tiempos, el caso de Irán representa con crudeza esa tensión ética que muchos prefieren esquivar. No se trata únicamente de un conflicto geopolítico ni de una disputa entre potencias, se trata de un régimen que somete a su propia sociedad a una presión constante, que vigila, castiga, humilla y asesina, convirtiendo la vida cotidiana de millones de mujeres en un campo de batalla contra su propia dignidad. Cada protesta reprimida, cada voz silenciada, cada mujer castigada por decidir sobre su propio cuerpo recuerda que la violencia no comienza cuando estallan los misiles, comienza mucho antes, cuando el poder se arroga el derecho de dominar la vida de las personas.
Ante ese escenario, repetir el lema “No a la guerra” como principio absoluto puede resultar tan tranquilizador como insuficiente. Porque la pregunta que la conciencia debería hacerse no es si deseamos la guerra —nadie sensato la desea— sino si estamos dispuestos a aceptar que ciertos regímenes mantengan su dominio mediante la violencia sin encontrar ninguna forma de resistencia efectiva. En ese punto aparece una verdad incómoda que la geopolítica conoce desde hace siglos, la paz también se protege mediante la disuasión. Los equilibrios internacionales, las alianzas y la capacidad de defensa no existen para glorificar la guerra, existen para evitar que quienes despreciarían cualquier norma se sientan libres de actuar sin consecuencias, parafraseando al teólogo y pensador político Reinhold Niebuhr, “hay injusticias tan arraigadas en el poder que la simple buena voluntad resulta insuficiente para detenerlas”. Por ello, decir “sí a la guerra”, entendido en este sentido, no significa celebrar la violencia ni convertir el conflicto en una aspiración política. Significa reconocer que hay momentos en los que la firmeza frente al tirano es la única manera de proteger a los débiles y vulnerables.
Tal vez ha llegado el momento de abandonar los lemas fáciles y recuperar el valor de pensar con honestidad y grandeza moral, porque la verdadera disyuntiva no está entre amar la paz o desear la guerra, sino entre mirar hacia otro lado mientras la tiranía avanza o asumir la responsabilidad de detenerla. A veces, defender la paz exige algo más que repetir palabras tranquilizadoras, exige la valentía de protegerla incluso cuando el precio de hacerlo incomoda a quienes prefieren que todo permanezca igual.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

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