Cuando el poder deja solo al pueblo©

por | Ago 20, 2026 | 4 Comentarios

El poder que no sabe o no quiere permanecer al lado de su pueblo cuando llega la tragedia podrá conservar el Gobierno,

pero corre el riesgo de perder algo infinitamente más difícil de recuperar:

la dignidad de gobernar(Juan A. Pellicer)

Hay momentos en los que un país deja de preguntarse qué puede esperar de sus gobernantes y comienza a plantearse algo mucho más incómodo, para qué los necesita. Cuando llegan las desgracias, cuando el fuego arrasa, las aguas se llevan vidas, la electricidad desaparece, un tren descarrila o unos guardias civiles son asesinados mientras cumplen con su deber sin disponer siquiera de los medios necesarios, el pueblo no espera discursos aplazados ni comunicados redactados desde la distancia. Espera a su Gobierno y espera, sobre todo, que quien lo preside dé la cara. Es entonces cuando se conoce la verdadera dimensión de un político. No durante un mitin, ante un auditorio entregado o frente a las cámaras cuidadosamente dispuestas para recoger la fotografía conveniente, sino cuando hay ciudadanos desesperados, familias buscando a los suyos, servidores públicos desbordados y un país que necesita saber que alguien permanece al mando. Es ahí donde aparece una pregunta que ya no puede esconderse detrás de las consignas partidistas. ¿Dónde está el Estado cuando el ciudadano lo necesita?

La erupción de La Palma, los incendios, el apagón, la tragedia de la DANA, el asesinato de dos guardias civiles en Barbate o el accidente ferroviario de Adamuz fueron acontecimientos distintos, con causas y responsabilidades que deben analizarse individualmente, pero todos dejaron entre los ciudadanos una misma sensación, la de un poder que comparece tarde, se explica mal y parece más preocupado por proteger su relato que por compartir el dolor de quienes sufren.

Ahora es Ceuta. Miles de personas cruzaron irregularmente la frontera desde Marruecos en apenas dos días, desbordando una ciudad cuya población ronda los ochenta y cinco mil habitantes. Lo llamen crisis migratoria, entrada masiva o invasión, la discusión terminológica no puede ocultar la magnitud de lo sucedido ni la obligación del Estado de proteger nuestras fronteras. Mientras Ceuta soporta las consecuencias de esta situación extraordinaria, el presidente del Gobierno continúa “agazapado” en el Palacio de La Mareta, aferrado a unas vacaciones que han dejado de ser descanso para convertirse en la expresión más visible de su ausencia y, por tanto, de su indiferencia. Las vacaciones son un derecho para cualquier trabajador, pero las de un presidente quedan -o deberían quedar siempre- subordinadas a las emergencias del país que gobierna.

Lo que se denuncia y cada vez con más intensidad y quizá también con más razón, es la ausencia de quien debería asumir la máxima responsabilidad política, dirigiéndose a los españoles, explicando lo sucedido y demostrando con hechos que continúa al frente del país cuando una parte de este se siente absolutamente abandonada a su suerte. Evidentemente, ningún presidente puede impedir una erupción volcánica, apagar personalmente todos los incendios, detener una riada o evitar por sí solo una tragedia ferroviaria. Sería absurdo exigírselo, pero lo que sí puede y debe hacer es estar, dar la cara, escuchar, coordinar, consolar, asumir responsabilidades y, cuando corresponda, pedir perdón, porque gobernar no consiste solamente en administrar presupuestos, repartir cargos o comparecer cuando la escenografía resulta favorable, gobernar es responder, y cuando el ciudadano llama a la puerta del poder y este permanece en silencio, algo esencial comienza a romperse.

La presencia física de quien gobierna tiene, en determinadas circunstancias, un valor que ningún comunicado institucional puede sustituir. El pueblo puede soportar una desgracia o una tragedia, pero difícilmente acepta sentirse solo frente a ella y mucho menos advertir que el sufrimiento colectivo no merece interrumpir el descanso de sus gobernantes. Quizá por ello haya llegado el momento de que los ciudadanos comencemos a formular preguntas mucho más inevitables, ¿quién está cuando nosotros sufrimos? y, más grave aún, ¿quién se está beneficiando, directa o indirectamente, de ese sufrimiento?

Porque el poder que no sabe o no quiere permanecer al lado de su pueblo cuando llega la tragedia podrá conservar el Gobierno, pero corre el riesgo de perder algo infinitamente más difícil de recuperar, la dignidad de gobernar.

 

Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)
Agosto de 2026

4 Comentarios

  1. Francisco Javier Sanz Rubin de Celis

    Muy buen artículo, me ha gustado y más cierto no puede ser, has sacado la verdad con mucha objetividad, lástima que sea un hablar para sordos.

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    • Pellicer

      Muchas gracias Francisco Javier por hacerte eco de estas letras, la cuales esperemos que lleguen lejos y sobre todo a los odios que tienen mayor responsabilidad.
      Un abrazo fuerte

      Responder
  2. Chema Muñoz

    Solo la verdad hace a los culpables cobardes con infulas de autoritarismo, seres peligrosos para el total de sus congeneres.

    Responder
    • Pellicer

      Asi es como dices Chema, una clase de gobernartes ante la que no cabe otra actitud que la denuncia y la exigencia continua.
      Un abrazo

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