«Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad.»
(Marco Aurelio)
Hoy los calendarios dicen que te jubilas. Los documentos oficiales certificarán que has concluido una larga trayectoria profesional y que ha llegado el momento de cerrar una etapa. Pero la vida, afortunadamente, nunca ha entendido demasiado de documentos, ni de sellos, ni de resoluciones administrativas. La vida lleva su propia contabilidad y escribe sus propias actas, y cuando uno contempla tu recorrido no encuentra únicamente años de servicio, responsabilidades asumidas o misiones cumplidas en tu amplia y brillante hoja de servicios, encuentra algo mucho más valioso, encuentra la huella de un hombre que ha sabido vivir con dignidad, servir con lealtad y caminar por el mundo dejando tras de sí el respeto de unos, el afecto de otros y la admiración sincera de quienes tuvieron la fortuna de compartir con él una parte del camino.
Mi querido amigo, hace ya más de cuarenta años que nuestras vidas se cruzaron. Todavía hoy nos reímos de cierta broma que te gasté cuando apenas comenzábamos a compartir camino. Han pasado más de cuatro décadas desde aquel cartucho de fogueo que te llevaras un susto memorable y, sin embargo, cada vez que la historia regresa a nuestras conversaciones resulta más divertida que la anterior. Con los años hemos ido añadiéndole gestos, expresiones, exageraciones y detalles imposibles hasta convertirla en una pequeña leyenda privada. Fue aquella la primera, aunque no la única. De algún modo nos abrió la puerta a la confianza, a la camaradería y al buen humor, siempre desde la confianza no exenta del respeto que ambos nos hemos profesado a lo largo de los años. Quizá por eso sigue viva. porque algunas amistades también se construyen así, a base de recuerdos y vivencias que el tiempo no solo no desgasta, sino que enriquece.
Han pasado décadas y en ellas, alegrías, preocupaciones, ilusiones y desencantos vividos y compartidos desde nuestros respectivos y, a veces, tan alejados destinos. Hemos visto cómo los años iban transformando muchas cosas a nuestro alrededor mientras otras permanecían inalterables. Entre ellas, tu manera de ser, porque si algo te ha definido siempre ha sido esa rara combinación de profesionalidad y humanidad que tan pocas veces coinciden en una misma persona. Tus subordinados te respetaron porque encontraban en ti a alguien justo, del mismo modo que tus superiores confiaron en ti porque sabían que la responsabilidad nunca te quedaría grande. También quienes fueron tus compañeros te apreciaron porque descubrieron que tras el uniforme y las obligaciones había un hombre noble en quien se podía confiar. Y quienes te conocen —te conocemos— fuera, además, de cualquier ámbito profesional saben que los mayores méritos de tu vida no se encuentran precisamente ahí. Fue Abraham Lincoln quién a propósito de esto dejó escrita una reflexión que los años no han envejecido, «al final, no son los años de la vida los que cuentan. Es la vida de los años». Lo sabemos porque una existencia no se mide únicamente por lo que uno hace, aunque eso también importe, sino por lo que uno significa para los demás. Y en ese terreno has sido extraordinariamente muy grande. Has sido un esposo ejemplar, compañero de viaje de la mujer con la que has compartido los mejores años de tu existencia, un padre cuya principal enseñanza nunca estuvo, quizá, en las palabras sino en el ejemplo cotidiano, en esa forma silenciosa de transmitir valores que termina dejando una huella imborrable en los hijos. Y, por si fuera poco, has sido un amigo noble y leal, de esos que el tiempo no desgasta ni las circunstancias ponen a prueba, de los que caben perfectamente en el lema “mucho mar y pocos amigos” que tanto nos suena, porque su amistad nace de convicciones profundas y no de conveniencias o intereses pasajeros.
Ahora que llegas a este punto del camino, no puedo evitar recordar mi propia llegada a esta misma «estación» hace pocos años. Recuerdo perfectamente aquella sensación extraña de abandonar una vida organizada durante décadas alrededor de horarios, responsabilidades y obligaciones. Recuerdo también una cierta incertidumbre, como si al otro lado de aquella puerta existiera un territorio desconocido, aunque con el tiempo comprendí algo que entonces apenas intuía, la jubilación no es un final, ni siquiera una despedida, sino una forma distinta de comenzar.
Durante muchos años vivimos pendientes del reloj, del teléfono. Nos levantamos cuando el deber lo exige, acudimos donde se nos necesita y organizamos nuestros días alrededor de responsabilidades que asumimos libremente porque creemos en ellas, y todo ello sin apenas darnos cuenta. El tiempo deja de pertenecernos por completo. Hasta que un día descubrimos que la vida nos lo devuelve como quien entrega un regalo largamente esperado. Y lo hace no para retirarnos del mundo, sino para reconciliarnos con él desde otra mirada. Porque la verdadera libertad no suele llegar en la juventud, cuando todavía estamos ocupados construyendo lo que seremos. La verdadera libertad aparece cuando ya sabemos quiénes somos y dejamos de sentir la necesidad de demostrarlo. Por eso quiero pensar que lo que hoy comienza para ti —y ayer para mí— no es una retirada, sino una conquista. La conquista de las horas propias, la posibilidad de detenerte sin prisa en las cosas importantes, la oportunidad de compartir más tiempo con tu familia, de disfrutar de los amigos, de emprender proyectos que durante años quedaron aparcados en algún rincón de la memoria, de aprender aquello que siempre despertó tu curiosidad o, simplemente, de contemplar la existencia con la serenidad que sólo conceden la experiencia y la paz interior. A nuestra edad, que tampoco es tanta, uno termina comprendiendo que la felicidad rara vez se encontraba en los grandes acontecimientos, sino que estaba, más bien, en los pequeños momentos que tantas veces dejamos pasar sin prestarles atención, una conversación sincera, una sobremesa interminable acompañados de nuestras “hortensias” de rigor, una tarde junto al mar, una risa compartida, una mirada cómplice de quien lleva toda una vida caminando a nuestro lado.
Mi querido y admirado amigo, no sé qué te depararán los próximos años. Nadie puede saberlo. Pero sí sé algo con absoluta certeza, sé que seguirás siendo el mismo hombre íntegro, generoso y honesto que has sido siempre, porque los cargos terminan, las profesiones concluyen y los uniformes acaban descansando en un armario o en el recuerdo, y lo único que permanece es la persona. Y esa riqueza, la verdadera grandeza, nadie puede retirarla, ni jubilarla, ni sustituirla. Por eso hoy no quiero despedir una carrera profesional, quiero, desde estas humildes y sinceras letras, celebrar y homenajear una vida. La de un hombre bueno, la vida de un amigo al que conozco desde hace más de cuatro décadas. La de un compañero con quien compartí —y continúo compartiendo— ideales, responsabilidades y una forma de entender el compromiso. En un tiempo donde tantas veces se confunde el éxito con el reconocimiento y la importancia con el protagonismo, haber sido un hombre bueno, en el sentido más amplio y noble de la expresión, constituye una de las mayores victorias que alguien puede alcanzar.
Te deseo de corazón, mi siempre querido y leal amigo, que los años que vienen estén llenos de luz. No porque vayan a ser perfectos, sino porque tendrás la sabiduría, la templanza y la serenidad necesarias para encontrar sentido incluso en las imperfecciones. Te deseo tiempo, porque es el bien más valioso que la vida puede regalarnos. Te deseo serenidad para disfrutar de todo lo conseguido y entusiasmo para seguir descubriendo lo mucho que aún te queda —nos queda— por vivir. Y, sobre todo, te deseo la alegría íntima de mirar atrás y comprobar que el camino recorrido ha merecido la pena. Porque cuando eso ocurre, cuando uno puede contemplar su propia historia sin arrepentimientos esenciales y rodeado del cariño de quienes le quieren, comprende que la vida le ha concedido uno de sus mayores privilegios.
Y tú, querido amigo, hace ya mucho tiempo que llegaste a ese lugar. La jubilación simplemente viene hoy a ponerle fecha.
Un abrazo fuerte junto al mar que nos espera.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (arriba los corazones)

«Valor Honor Lealtad»
Un abrazo fuerte hermano.
Muchas gracias
Siempre.
Un abrazo