«El lenguaje político está concebido para hacer que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable, y para dar apariencia de solidez al puro viento.»
George Orwell
Cuando cerraste la puerta supe que, por primera vez, no tendrías dónde esconderte. No había cámaras, ministros ni asesores dispuestos a corregirte el gesto o a prestarte una respuesta. Solo dos sillas frente a frente, tú ocupando una, yo, la otra. No te ofrecí la mano, no por falta de educación, sino porque no sería sincero haciéndolo. Te miré tratando de encontrar al hombre que todavía pudiera quedar detrás del presidente, del estratega, del superviviente que ha convertido cada renuncia en una victoria y cada claudicación en una muestra de responsabilidad. No he venido a comprenderte ni a buscar atenuantes. He venido a condenar una forma de ejercer el poder que ha hecho de la mentira una herramienta, de la necesidad una doctrina y de la permanencia un fin superior a cualquier principio.
Dijiste que no pactarías con quienes terminaste pactando, negaste la amnistía hasta que sus votos fueron necesarios y llamaste convivencia a lo que antes considerabas inadmisible. Has cambiado de palabra, de argumento y de frontera moral tantas veces como lo ha exigido tu supervivencia, esperando que España olvidara hoy lo que afirmaste ayer. Has confundido gobernar con resistir, dialogar con ceder y legitimidad con aritmética parlamentaria. Lo que prometiste no hacer acabó convertido en obligación democrática en cuanto te permitió seguir en la Moncloa. Para ti, la política parece consistir en conservar el poder, aunque para ello haya que entregar cada mañana un pedazo de la palabra dada. Para mí, consiste precisamente en lo contrario, en aceptar que existen principios que valen más que el poder y momentos en los que perder un Gobierno puede ser la única manera de conservar la dignidad.
Pero ha sido ante las horas más dolorosas de España cuando has terminado de mostrarte. Cada tragedia, cada crimen, cada humillación aceptada y cada cesión impuesta por aquellos de quienes depende tu permanencia han encontrado en ti el mismo refugio, el RELATO, esa construcción interesada con la que transformas una explicación calculada en verdad oficial, una responsabilidad propia en culpa ajena y una claudicación en gesto de Estado. Donde el país esperaba firmeza, ofreciste conveniencia; donde exigía justicia, administraste silencios; donde reclamaba dignidad, levantaste una coartada. Has pactado con quienes siguen sin condenar inequívocamente el terrorismo de ETA, indultado a quienes desafiaron al Estado y amnistiado aquello que juraste que no podía amnistiarse. Y cuando el dolor de los españoles exigió presencia, verdad y coraje, demasiadas veces apareciste tarde, protegido por la distancia y dispuesto a convertir los hechos en otra pieza útil para tu relato. La autoridad moral no la concede un Parlamento, sino la conducta, y existen decisiones que destruyen en un instante cuanto cien discursos intentan sostener. Entonces comprendí que la mayor pobreza de un gobernante no consiste en equivocarse, sino en perder toda capacidad de inspirar confianza.
No siento odio, ya que sentirlo concedería a tu persona una importancia que no merece y reduciría a una cuestión personal lo que constituye una degradación política y moral. Siento desprecio por la mentira sostenida como método, por el principio sacrificado como moneda y por esa arrogancia que pretende llamar progreso a cuanto garantiza tu continuidad. No has puesto el poder al servicio de España, has puesto España al servicio de tu poder, y esa diferencia contiene toda mi acusación. Cuando me levante de esta silla seguiré sin haberte pedido nada, sin deberte nada y sin esperar nada de ti. Tú regresarás a tus ministros, tus aplausos y tus mayorías. Podrás ganar votaciones, ocupar titulares y prolongar la agonía de tu Gobierno, pero llegará el día en que el poder ya no pueda protegerte de la memoria de tus actos. Y créeme, presidente, no existe tribunal más severo que ese.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)


Simplemente MAGISTRAL.
Ojalá suceda pronto.
Muchas gracias Leonor, por hacerte eco de estas letras. Un abrazo fuerte.