«Una sociedad se juzga por la forma en que trata a sus miembros más vulnerables.» (Albert Camus)
Este artículo no nace de una ocurrencia ni de una moda terminológica. Nace de una petición. De un mensaje recibido de una lectora y seguidora de mis textos que, desde una situación personal límite, me pidió que hablara del edadismo y de sus consecuencias reales. No me solicitaba un gesto retórico ni una consigna fácil. Me pedía, sencillamente, que no mirara hacia otro lado.
Porque el edadismo no es una teoría académica ni una exageración ideológica. Es una forma de expulsión silenciosa, ejercida sin aspavientos, sin titulares, sin culpables visibles. Una violencia social pulcra, casi educada, que va dejando a miles de personas adultas fuera del sistema, del trabajo, de la vivienda y, finalmente, del relato común.
En este país se envejece mal y no precisamente por el paso del tiempo, sino por la mirada social que acompaña a ese paso. Se envejece como quien estorba. Como quien ya no produce, ya no interesa, ya no encaja. Y cuando una sociedad empieza a medir la dignidad humana en términos de utilidad inmediata, ha iniciado un camino tan triste como peligroso.
El edadismo no solo discrimina en el empleo. Expulsa del alquiler, del crédito, del respeto cotidiano, etc. negando oportunidades -eso si- con sonrisas burocráticas. Cierra puertas sin dar explicaciones. Convierte la experiencia en sospecha y la madurez en lastre. No hace ruido, pero arrasa. Una lectora me lo escribió con una claridad que no admite réplica: «Tenemos una pensión miserable y ni siquiera nos quieren alquilar una habitación para poder vivir dignamente.» No hay consigna en esa frase, hay realidad. Y cuando la realidad se expresa así, cualquier intento de minimizarla es una forma de complicidad.
Hay algo especialmente cruel en esta forma de discriminación dado que no deja marcas visibles. No hay insulto directo ni agresión explícita. Solo silencios, negativas, excusas. Y, sin embargo, el resultado es devastador. Personas que han trabajado toda una vida, que han sostenido familias y estructuras sociales, se ven reducidas a la intemperie moral y material. Invisibles. Prescindibles. Ninguneados.
Cuando una persona llega a sentir que ya no tiene lugar en ninguna parte, el problema no es individual. Es colectivo. Es ético. Es político en el sentido más profundo del término. Una sociedad que empuja a sus mayores hacia la precariedad y la soledad está fallando en su contrato más elemental que no debería ser otro que el de cuidar y proteger a quienes la han construido.
No se trata de enfrentar generaciones ni de repartir culpas por bloques. Se trata de asumir una verdad incómoda que no es otra que la de haber normalizado el descarte. Hemos aceptado que hay edades para todo, incluso para desaparecer. Y eso, de alguna manera, nos empobrece a todos, también a quienes hoy se creen -nos creemos- a salvo porque aún no han cruzado esa frontera invisible.
Este texto nace del compromiso con una persona concreta, María, sí -ella sabe quién es-. Pero no se dirige solo a ella. Se dirige a todos. A quienes legislan, a quienes alquilan, a quienes contratan, a quienes callan. Porque el edadismo no es solo lo que se hace, sino también lo que se tolera.
Defender la dignidad de las personas adultas no es un gesto sentimental, sino una obligación moral. Y quizá también una forma de recordarnos algo esencial, el futuro que negamos a otros es, tarde o temprano, el que nos espera a nosotros.
Escribo estas líneas por lealtad a quien me pidió que hablara. Pero, sobre todo, por respeto a una verdad que no admite silencio.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (arriba los corazones)

Querido amigo ,que maravilla ,se me han saltado las lágrimas ante tu artículo
Que maravillosa persona eres,ojalá alguien se diera por aludido para solucionar tan gravísimo e inhumano problema. Mil gracias por tu integridad ,inteligencia y bondad al escribirlo
Fuí yo el emocionado al leerte. Confiemos que estas letras, junto a otras, sean capaces de reunir la fuerza y la humanidad sufienciente para remover las conciencias de los que si podrían solucionar tanto. Un abrazo fuerte. Cuidate mucho.
Juan A.
Más que un término una realidad que nace, crece desde los hogares, sociedad, gobierno y se convierte en una semilla. Que lastima,daña y destruye al ser humano en una etapa de su vida vulnerable, donde debemos brindarles bienestar y reconocer sus huellas en esta humanidad. Donde necesitamos ser humanos y ser tratados como humanos.
asi deberia ser como dices Amansia. Esperemos que la conciencia vaya ganando batallas y caminos. Muchas gracias.
Un abrazo.
No puedo estar más de acuerdo con todo lo que has expuesto sobre un tema que nos debería sensibilizar a todos y no permitirlo. porque como bien has dicho, nadie estamos exentos de poder padecerlo.
Muchas gracias Leonor por hacerte eco de estas letras que, efectivamente, y aunque solo fuera desde una óptica personal, nos toca a todos de una u otra manera.
Un beso.