“La indiferencia es el apoyo tácito del opresor.”
(Elie Wiesel)
El espectáculo protagonizado por este supuesto “líder” político hace unos días no admite eufemismos, es la expresión descarnada de una ideología que ha hecho de la perversión moral su refugio y de la distorsión de la realidad su método. No estamos ante una opinión discutible, sino ante una forma consciente de desprecio hacia un pueblo que lleva décadas sobreviviendo bajo un sistema que niega libertades básicas y condena a millones de personas a una precariedad sostenida. Lo verdaderamente indignante no es solo lo que dice, sino el lugar desde el que lo dice. Calificar como “no tan grave” la situación cubana mientras se disfruta de los placeres de uno de los mejores hoteles de la isla no es un error, es una forma de desprecio. Desde esa distancia acolchada y protegida, el hambre se convierte en estadística y la represión en relato discutible. Basta alejarse unos metros del confort para comprobar que hay realidades que no admiten matices cuando se viven en la propia piel, que no hay discurso capaz de suavizar la falta de libertad ni narrativa que disuelva el miedo cotidiano.
Minimizar la realidad cubana implica blanquear un sistema que ha fracasado en lo más elemental, en garantizar condiciones de vida dignas. Y cuando alguien con influencia pública decide mirar hacia otro lado, o peor aún, justificarlo, deja de estar en el terreno de la opinión para situarse en el de la responsabilidad. Como advirtió George Orwell, “ver lo que hay delante de nuestras narices requiere una lucha constante”, y renunciar a esa lucha no es ingenuidad, es una forma de complicidad.
El problema no es un comentario aislado sino el patrón reconocible. La sensibilidad social se invoca con vehemencia cuando conviene, pero desaparece cuando el sufrimiento ocurre bajo regímenes ideológicamente afines. Esa selectividad no es incoherencia, es una forma de corrupción moral, una grieta ética que permite justificar lo injustificable sin asumir el coste de decirlo abiertamente. Y el caso de Cuba debería ser, para cualquier demócrata, una línea roja indiscutible, no por geopolítica, sino por humanidad. Sin embargo, hay quienes prefieren proteger el relato antes que reconocer la evidencia, como si admitir el fracaso de ciertos modelos implicara desmontar el andamiaje ideológico sobre el que han construido su discurso. Y en esa elección, lo que se sacrifica no es una idea, es la dignidad de quienes viven atrapados en esa realidad.
Y lo más inquietante no es solo la actitud, sino lo que revela, porque no se trata de desconocimiento, sino de una elección consciente. Porque cuando alguien con acceso a la información decide ignorarla para sostener una ideología cuya coherencia se derrumba cada vez que se contrasta con la vida real, deja de equivocarse y empieza a justificar. Y ahí ya no hablamos de opinión, hablamos de responsabilidad, de complicidad con el horror de una dictadura criminal. Lo que se degrada entonces no es solo el debate público, es la capacidad misma de distinguir entre verdad y conveniencia, entre dignidad y sometimiento.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (arriba los corazones)

Estimado Don Juan Antonio Pellicer, Totalmente adhiero a su pensamiento.
Desde Argentina , un país sufriente pero que tiene esperanza.
Dra. Amalia Lateano
ARGENTINA
Muchas gracias Amalia por tus letras, las cuales valoro en la distancia. Un abrazo fuerte.