«Nada en el mundo ocurre sin que, antes,
las conciencias se hayan rendido.» (Stefan Zweig)
Hay momentos en los que la historia se detiene ante el abismo y pregunta: ¿hasta dónde estamos dispuestos a renunciar? No por miedo al dolor, sino por comodidad ante la infamia.
Asistimos, día tras día, al espectáculo grotesco de una casta política empeñada en desmontar, pieza a pieza, los fundamentos de nuestra convivencia democrática. No se trata ya de errores de gestión, ni de giros ideológicos. Lo que presenciamos es la sistemática erosión de los pilares sobre los que se sostiene la dignidad de un país: la ley, la justicia, la palabra, la memoria, la libertad.
¿A qué responde esta deriva? ¿Cuál es la motivación profunda de un poder que escupe sobre los símbolos que nos representan, que desarticula las instituciones de garantía, que desacredita la disidencia y premia y se abraza a la corrupción e incompetencia? ¿Qué lógica puede tener acercarse a modelos de fracaso y miseria —como los de Cuba, Venezuela o Nicaragua— y alejarse del diálogo natural con democracias consolidadas?
No es ignorancia. No es torpeza. Es cálculo. Porque quien domina el relato, controla el alma de los pueblos.
Y el relato que se está imponiendo no es otro que el de la inversión moral. La mentira se normaliza, la justicia se negocia, la identidad se disuelve, y la verdad se convierte en delito. El objetivo no es otro que vaciar de sentido el concepto de ciudadanía, para convertirnos en súbditos agradecidos de una élite impune.
Lo más inquietante no es la voluntad de quien actúa, sino el silencio cómplice de quien debería resistirse, porque —como advirtió Simone Weil— “la opresión no reside solo en los actos del poder, sino también en la abdicación de la conciencia”. ¿Dónde están las voces que, por responsabilidad o por decencia, tendrían que alzarse? ¿Qué miedo impide a los órganos constitucionales, a los medios, a las universidades, a los intelectuales, a los partidos opositores, a las iglesias —sí, también a ellas— decir con claridad que el poder ha cruzado las líneas rojas?
Se nos está robando el país delante de los ojos y no hay alarma ni ruptura. No hay escándalo ni contundente denuncia. Antes al contrario, lo que se observa, es resignación, anestesia colectiva, un pacto tácito de supervivencia.
No hay acto más temible que la rendición de quien lo sabe todo y calla.
No es exagerado hablar por tanto de suicidio político, social, institucional. Pero no será un suicidio digno. Será una rendición envuelta en gestos decorativos, en frases ambiguas, en pequeños privilegios personales. Cuando el poder deja de temer a sus propios límites, es porque los ha domesticado, sometido. Y cuando el pueblo deja de exigirlos, es porque ya ha sido vencido.
Aún no es tarde. Pero lo será. Si no somos capaces de denunciar con precisión el mal que nos gobierna y el miedo que nos paraliza, no mereceremos otra cosa que el eco estéril de nuestras preguntas.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Es verdad, cuando un partido politico, se convierte en una secta como esta ocurriendo con el antiguo PSOE, donde todos sus componentes se creen que estan por encima del bien y del mal
Entonces corre peligro la democracia, la seguridad juridica, la propiedad privada y lo que es mas importante la dignidad y la honradez
Coincido con tu apreciación José. Un abrazo