«Si el pensamiento corrompe el lenguaje,
el lenguaje también puede corromper el pensamiento.»
(George Orwell)
El Parlamento echa el cierre por vacaciones. Los escaños se vacían, los pasillos recuperan un silencio desconocido y la actividad política entra en ese paréntesis estival que, al menos sobre el papel, debería servir para la reflexión. Sin embargo, el país permanece exactamente dónde estaba, con los mismos problemas, las mismas incertidumbres y una creciente sensación de deterioro institucional, moral y social, porque España no se toma vacaciones y sus dificultades tampoco.
Antes de marcharse, uno esperaría de nuestros representantes un ejercicio de responsabilidad, una apelación a la serenidad o, al menos, un gesto de altura política y moral. Pero no. El último recuerdo que algunos han querido dejar ha sido una comparación intelectualmente obscena y moralmente indecente, acusar al líder de la oposición de recorrer un camino semejante al del régimen criminal de Hitler. No fue un desliz ni una metáfora desafortunada, sino el ejemplo más reciente de una forma de hacer política que ha sustituido el razonamiento por el linchamiento verbal y la discrepancia por la demonización del adversario. Comparar al rival político con el nazismo se ha convertido en el recurso de los incapaces y miserables. Es el atajo perfecto para evitar el esfuerzo de pensar y de argumentar. Cuando faltan razones, aparecen las etiquetas; cuando escasean las ideas, se invoca el fantasma más oscuro de la historia. Quien necesita recurrir a Hitler para desacreditar a quien piensa distinto está confesando, quizá sin advertirlo, la pobreza intelectual de sus argumentos y la indigencia moral de quien los utiliza. El problema es que, cuando todo se compara con Hitler, Hitler deja de representar la excepcionalidad del mal para convertirse en una simple herramienta propagandística, y eso no honra la memoria histórica, la trivializa.
La democracia exige discrepancia, confrontación e incluso dureza, pero también exige reconocer la legitimidad del adversario. Quien convierte al rival político en la encarnación absoluta del mal está renunciando al diálogo antes incluso de comenzarlo. Está sustituyendo la razón por la descalificación y el pensamiento por el eslogan. Y, además, banaliza uno de los mayores horrores del siglo XX para obtener un aplauso partidista, una utilización tan frívola como irrespetuosa hacia quienes padecieron realmente la barbarie nazi.
Resulta especialmente llamativo que esta degradación del lenguaje se produzca mientras los ciudadanos son testigos y víctimas de preocupaciones y situaciones mucho más reales: la corrupción continúa erosionando la confianza pública; el acceso a la vivienda se convierte en una carrera imposible para miles de jóvenes; la inseguridad inquieta a muchos barrios; la deuda sigue creciendo; la calidad institucional es objeto de un debate constante y la crispación parece haberse instalado como forma habitual de hacer política. Sin embargo, frente a todo ello, algunos dirigentes prefieren dedicar sus energías a fabricar enemigos absolutos antes que soluciones eficaces, quizá porque ocuparse de los problemas exige gestión -ponerse el traje de faena-; fabricar monstruos imaginarios solo exige un micrófono y un redil de fanáticos.
Las palabras nunca son inocentes y mucho menos cuando se pronuncian desde una tribuna institucional, porque pueden construir convivencia o levantar muros; pueden unir o dividir; dignificar la democracia o empobrecerla y denigrarla. La desmesura deja entonces de ser una simple opinión para convertirse en un ejemplo. Y los ejemplos, cuando proceden de quienes ejercen responsabilidades públicas, terminan contaminando el nivel moral del debate y erosionando la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Quizá ese sea el verdadero balance antes del descanso estival. No solo un país que deja demasiados problemas sin resolver, sino una política que parece haber olvidado que la primera obligación de un representante público es elevar la conversación, no degradarla. Porque la democracia puede sobrevivir a una mala legislatura e incluso a un mal gobierno, pero lo que difícilmente soporta durante mucho tiempo es la costumbre de sustituir el argumento por la mentira, el razonamiento por el insulto y el adversario por un monstruo imaginario. El día en que Hitler se convierte en un recurso electoral, quien pierde no es la oposición, quien pierde es la inteligencia, la verdad y, con ellas, la propia democracia.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)


UNA VEZ MAS DEMUESTRAN ESTOS MISERABLES QUE NO TIENEN CAPACIDAD SIQUIERA PARA GOBERNAR SU CASA
ES MUY LAMENTABLE QUE LOS MUY CAFETEROS LES HAGAN PALMAS HASTA CON LAS OREJAS
ESPERO QUE DENTRO DE OCHO MESES SE VAYAN Y GANE LA DEMOCRACIA DECENTE
Esperemos. Sería muy bueno para todos. Es lo deseable.
Un abrazo
Juan A.
Juan Antonio. Muy valiosa descripción de un acontecer que también es aplicable para mí país. De verdad el mundo necesita cultura política para tantas mentiras e imaginarios salgan del escenario. Gracias. Rescato que «(…) sino el ejemplo más reciente de una forma de hacer política que ha sustituido el razonamiento por el linchamiento verbal y la discrepancia por la demonización del adversario.»
Es una verdad dolorosa pero Real
Desgraciadamente son muchos los ejemplos que nos demuestran la deficiencia moral y como consecuencia social, que determinadas ideologías hacia donde nos están intentando conducir. Esperemos que los pueblos no hayan perdido aún la capacidad de respuesta.
Un abrazo
Juan A.