«Dime a lo que prestas atención y te diré quién eres.»
(José Ortega y Gasset)
Estoy convencido de que hay una exigencia silenciosa en todo aquello que merece ser comprendido, el tiempo. No el que se mide en relojes ni en agendas, sino ese otro que se ensancha cuando uno decide estar siendo. Porque ver, como ya intuíamos, no es únicamente una cuestión de atención, también lo es de permanencia, porque nada se revela del todo a quien pasa de largo o simplemente pone distancia con lo importante.
La prisa se ha convertido en una forma de costumbre, una forma de estar presente. Nos movemos, leemos, incluso sentimos con una velocidad que no deja poso. Todo ocurre y desaparece casi al mismo tiempo, como si la experiencia hubiera sido reducida a un tránsito sin huella, y en ese ritmo la mirada pierde su capacidad de arraigo volviéndose ligera, casi indiferente, incapaz de demorarse lo suficiente como para comprender la relevancia de lo que tiene delante. Y sin embargo, aquello que importa rara vez se ofrece de inmediato. El arte lo sabe, por eso resiste. Una fotografía no se agota en lo que muestra, sino en lo que sugiere cuando se le concede el tiempo necesario. Un texto no revela toda su verdad en la primera lectura, sino en esa segunda o tercera en la que algo, de pronto, se abre dejándose ver. Incluso una escena cotidiana, una conversación, un gesto apenas percibido, contienen una profundidad que solo aparece cuando uno decide quedarse un poco más de lo previsto. Quizá por tanto el problema no sea que no sepamos ver, sino que no sabemos detenernos a mirar. Simone Weil escribió que «la atención, llevada a su grado más alto, es la misma cosa que la oración». Tal vez por eso aquello que observamos con verdadera entrega termina revelándonos algo más que su apariencia. Quizá confundimos avanzar con comprender, acumular con conocer, y en ese error hemos ido perdiendo la relación íntima con aquello que observamos. Y cuando una sociedad pierde la costumbre de detenerse, termina aceptando sin examen aquello que debería comprender, cuestionar o incluso rechazar, porque la prisa no solo empobrece la contemplación, también debilita el juicio, y nada resulta más cómodo para quienes aspiran a influir sobre los demás que una ciudadanía incapaz de demorarse en aquello que escucha, lee o contempla.
La mirada necesita reposo, silencio, necesita incluso una cierta renuncia a la inmediatez para poder encontrar sentido, porque detenerse no es un acto menor, es, en cierto modo, una forma de resistencia, porque significa negarse a que todo pase sin dejar rastro, a que la experiencia se convierta en un simple deslizamiento superficial. También frente a quienes prefieren ciudadanos apresurados antes que personas capaces de pensar por sí mismas. Significa aceptar que hay cosas que no se entregan a quien no está dispuesto a esperarlas, y tal vez por eso, aprender a ver no sea únicamente una cuestión estética ni cultural, sino también ética, porque quien se detiene a mirar con verdadera atención no solo descubre más del mundo, sino que también se sitúa de otra manera frente a él, más consciente, más presente, más responsable, y en ese gesto, tan sencillo como profundo, se nos abre una posibilidad que nuestra época parece haber olvidado, la de vivir no solo lo que ocurre, sino lo que verdaderamente permanece.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

0 comentarios