el tiempo que hace

por | Oct 15, 2026 | 0 Comentarios

Hay una forma de extravío muy común en nuestro tiempo: creer que la belleza es algo que se persigue. La buscamos como quien busca un objeto perdido, como quien acumula experiencias, imágenes o lugares esperando que, en alguno de ellos, ocurra finalmente la revelación. Sin embargo, la belleza —cuando es auténtica— no se deja capturar por la voluntad. No responde al deseo ansioso ni al cálculo. La belleza sucede cuando nosotros, de algún modo, dejamos de ir tras ella.

Despertar a la belleza no es un acto de conquista, sino de disponibilidad. No se trata de afinar la mirada para apropiarse del mundo, sino de desarmar las defensas con las que solemos transitarlo. Hay una actitud receptiva —casi pasiva, pero no indiferente— que resulta imprescindible: una apertura interior que permita que lo bello nos alcance, nos interrumpa, nos sorprenda sin haberlo previsto.

Vivimos entrenados para intervenir, para producir, para nombrar y clasificar. Esa hiperactividad de la conciencia nos vuelve torpes para recibir. La belleza, en cambio, exige una pausa. No entra por la fuerza; aparece cuando algo en nosotros se aquieta. Solo entonces puede atraparnos, como una red invisible que no sabíamos que estaba ahí. En ese instante no somos sujetos activos, sino huéspedes: algo nos sucede.

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