Ética y estética. Forma concreta de servicio a la comunidad©

por | Sep 10, 2025 | 6 Comentarios

«Un pueblo que elige corruptos no es víctima, es cómplice.» (George Orwell)

La unión de estas dos palabras —ética y estética— no es un mero juego intelectual. Ambas son, o deberían ser, la base de lo político. Ética, como brújula moral que orienta la acción hacia el bien común; estética, como dignidad de la forma, como cuidado de lo público, como armonía entre palabra y acción. Sin ética no hay justicia. Sin estética no hay respeto. Sin ambas, la política degenera en farsa. ¿Nos suena?

Hoy asistimos sobrecogidos y desconcertados a ese espectáculo degradado. La casta política que gobierna se ha divorciado por completo de esos principios. Han convertido la política en un mercado de intereses privados, en un escenario de ruido donde el insulto sustituye al argumento y la mentira a la verdad. La palabra, que debería ser semilla y puente, se usa como piedra arrojadiza. El poder, que debería ser servicio, se administra como botín. Y todo ello bajo el manto de perversas ideologías y mantras que invocan la división y el enfrentamiento.

No es nuevo que la política pueda ser ética. Ya Solón de Atenas, tras dar leyes justas a su pueblo, se retiró voluntariamente del poder, convencido de que la grandeza no está en perpetuarse sino en servir con rectitud. Ese gesto, siglos después, sigue siendo ejemplo de lo que significa gobernar con conciencia. A lo largo de la historia, algunos hombres y mujeres recordaron que otra política es posible. Como escribió Cicerón: «No podemos ser siervos de los hombres cuando somos siervos de la ley». Hoy, por el contrario, abundan quienes, lejos de renunciar a privilegios, los multiplican; no siembran justicia, comercian con la mentira plegados a ocultos intereses. La ética se desvanece allí donde la ambición sustituye al servicio.

Pero también hubo momentos de estética en la política. En nuestra historia reciente, Adolfo Suárez —con la guía y apoyo de S.M. el Rey Juan Carlos I— supo hablar con serenidad en medio del ruido, buscar el consenso con palabras medidas y gestos sobrios. Había en su actitud una estética que elevaba lo común, porque la forma misma del diálogo transmitía respeto. Frente a ello, los parlamentos de hoy se han convertido en mediocres escenarios: gritos, insultos, gesticulaciones que ofenden más que convencen. La antiestética del espectáculo político es también una forma de corrupción.

La clase degradada que nos gobierna encarna una doble corrupción, la moral y la estética. Discursos que ofenden y humillan, gestos que hieren y denigran, instituciones que ya no transmiten autoridad moral sino espectáculo grotesco. No se trata de reclamar solemnidades huecas, sino de recuperar la conciencia de que lo público exige formas que eleven, que den ejemplo, que muestren respeto y dignidad rezumando excelencia. La estética de la política no deja de ser la estética de la comunidad, por tanto debe expresar un aire limpio en el lenguaje, un gesto noble en la representación, un silencio empático que escuche.

Pero no todo está perdido. La comunidad puede —y debe— exigir otra forma de servicio. Puede reclamar una política que vuelva a tener columna vertebral ética y se atreva a respirar con estética. Una política que no confunda el poder con el botín, la representación con el negocio ni la palabra con la mentira. Una política que vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser, el arte de cuidar y servir a lo común. Porque, al fin y al cabo, ética y estética no son abstracciones, sino concreciones de vida. Una sociedad que las abandona se hunde en la vulgaridad, en la mediocridad. Por el contrario, un pueblo que las exige abre la puerta a un horizonte distinto, mejor, más sano… más feliz.

La política que no sirve con ética ni respira con estética no es más que ruido de hienas en la noche, refugio de fracasados y miserables, redil de vividores y parásitos. Pero aún queda la posibilidad de que la comunidad —nosotros, tú y yo— despierte y reclame su derecho a la belleza y a la justicia en lo público.

Ética y estética, sin ellas no hay política, solo farsa.

 

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (Arriba los corazones)

6 Comentarios

  1. Jose Lopez

    Estupendo

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  2. Tatiana

    Me ncantan tus reflexiones, nos hacen pensar

    Responder
  3. Leonor Pellicer

    Otro magnífico artículo lleno, por desgracia, de verdad y acierto.
    Empecemos a reconstruir el pilar quebrado.

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    • Pellicer

      Muchas gracias Leonor. Comenzemos con la tan necesaria reconstrucción. Un abrazo fuerte.

      Responder

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