“La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”
(Martin Luther King Jr.)
Hay frases que de tanto repetirse acaban perdiendo su verdad. “La ley es igual para todos” es una de ellas. No porque no deba serlo, sino porque cada vez cuesta más reconocerla en lo que sucede delante de nosotros. Y no hablo desde la sospecha ni desde el prejuicio, hablo desde la mirada de quien cumple, de quien responde cuando se le llama, de quien sabe que ante una citación judicial no hay escapatoria posible sin consecuencias. Ahí no hay interpretación, hay obligación, y la respuesta del sistema es inmediata, precisa, casi implacable. Así debe ser.
Pero entonces uno observa, escucha, sigue lo que ocurre en esos espacios donde el poder político se mueve con una soltura que no es casual, y la certeza empieza a tambalearse. Requerimientos que se repiten sin efecto, plazos que se estiran hasta perder su sentido, decisiones que se diluyen o se reorientan en función de intereses que poco tienen que ver con la justicia. No hace falta señalar a nadie, porque todos sabemos de qué estamos hablando. Y es ahí donde nace la incomodidad. No es una cuestión de la ley en sí misma, ni siquiera de quienes tienen la responsabilidad de aplicarla, es una cuestión de cómo determinados actores políticos tensan el sistema, introducen tiempos, presiones o maniobras que terminan por desdibujar su sentido. “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”, como dejó escrito Montesquieu, y es precisamente esa distinción la que hoy vuelve a exigir una mirada honesta. Porque lo verdaderamente grave no es que existan diferencias de recursos o de defensa. Lo grave es que se instale la sensación de que el ritmo de la justicia puede ser alterado desde fuera, de que hay manos que, sin aparecer, condicionan el avance de los procedimientos, los ralentizan o los reconducen. Y cuando esa percepción se asienta, lo que se resquebraja no es un caso concreto, es la confianza en el sistema. Una democracia no se debilita solo cuando se la ataca, también cuando se la utiliza, cuando se la somete a intereses que la obligan a caminar al paso que marcan quienes deberían respetarla.
No escribo esto desde la distancia ni desde el análisis frío. Lo escribo desde la incomodidad de quien no está dispuesto a aceptar como normal lo que no lo es. Porque si la ley empieza a parecer maleable en función del poder que la rodea, aunque siga siendo firme en los textos, entonces algo esencial se ha desplazado. Y lo que se pierde no es solo equilibrio, es credibilidad. Cuando un ciudadano deja de creer que la justicia avanza libre de interferencias, no estamos ante un problema jurídico, estamos ante un problema de fondo, el de una sociedad que empieza a percibir que las reglas no se sostienen por igual para todos.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

LA JUSTICIA ES MUY INJUSTA CUANDO LOS PODERES PÚBLICOS SE ADUEÑAN DE ELLA, COMO OCURRE EN ESPAÑA DESDE QUE GOBIERNA EL SANCHISMO
ESPEREMOS QUE ESTA PESADILLA DEL SANCHISMO PASE PRONTO
Esperemos, mi estimado amigo.
Un abrazo