“Quien controla su cólera domina al peor de sus enemigos.” (Publilio Siro)
“La calma es la fuente de la gran fuerza”, decía Lao Tse. Y cuánta falta nos hace recordarlo en esta feria de mediocres donde a la política la han convertido entre unos y otros en un esperpéntico reality show y a la ciudadanía en la audiencia cautiva de un circo cada vez más soez y vulgar. Se nos invita a elegir entre la cobardía y acomplejamientos de unos y la incompetencia, desidia y corrupción de otros, como si la democracia fuese un mercado de baratijas. En ese contexto, la calma no es una virtud zen, sino un arma de precisión contra la farsa y el postureo.
Los nuevos enemigos de la democracia no asaltan urnas, las colonizan con sonrisas prefabricadas y palabras huecas. No necesitan uniformes ni botas, a ellos les basta con la corbata, el discurso aprendido y la desfachatez de creerse imprescindibles. Su estrategia es simple: crispar, dividir, intoxicar, polarizar, porque en el ruido la razón se ahoga y el ciudadano se agota. Quieren súbditos irritados, no ciudadanos serenos. Y ahí está el error de cálculo porque un pueblo en calma piensa, recuerda, vota con conciencia y no con hígado. Y eso, a esta gentuza redomada, sí que les aterra.
En lo personal, el guion se repite: insultos como rutina, faltas de respeto convertidas en deporte nacional, ofensas y humillaciones y un largo etcétera de desprecios y despropósitos. El objetivo es rebajarnos, meternos en su fango, robarnos la paz. ¿La respuesta? Calma. La calma del que sabe que un bufón no merece escenario, del que entiende que reaccionar con rabia es concederles el triunfo. Nada hay más insoportable para el mediocre que la indiferencia altiva del que no se deja arrastrar.
Que nadie se confunda, la calma no es cobardía. Es la sonrisa irónica que precede al desenmascaramiento. Es mirar de frente a los farsantes que pontifican en nombre de la democracia mientras la venden a plazos, y decirles, sin levantar la voz, que no nos engañan. Es entender que, en este mercado de charlatanes y miserables, lo más revolucionario no es gritar más fuerte, sino conservar la serenidad y desmontar sus trampas con inteligencia.
La calma es, pues, la bofetada más contundente que podemos dar en un sistema que se alimenta del ruido y la improvisación. Una bofetada silenciosa, pero demoledora, porque revela la impostura dejando en evidencia a quienes confunden democracia con espectáculo.
Y sí, que se incomoden, que se pongan nerviosos. Que tiemblen los voceros del griterío, los profetas del insulto y los vendedores de humo. También los bienpagados, lamebotas y aplaudidores. Porque mientras ellos pierden saliva, nosotros guardamos razones. Y créanme, la calma siempre acierta.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

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