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«Decidíos a no servir más y seréis libres.»
(Étienne de La Boétie)
Ningún poder se sostiene únicamente sobre la voluntad de quien manda. Necesita manos que ejecuten, voces que justifiquen, silencios que encubran y una multitud de conciencias dispuestas a cerrar los ojos. El gobernante puede dictar la orden, construir el relato y señalar al adversario, pero siempre necesitará ¿obedientes? que conviertan su voluntad en hechos y seguidores que transformen cada abuso en una nueva excusa.
Durante demasiado tiempo se nos ha hecho creer que la responsabilidad política termina al depositar el voto en una urna, y eso no es cierto. También somos responsables de aquello que continuamos apoyando después de conocer sus consecuencias. Equivocarse al elegir es humano; convertir el error en dogma, justificarlo todo y perseverar mientras el deterioro alcanza a la sociedad entera constituye una renuncia consciente a la razón.
Para algunos basta con desempolvar el viejo fantasma de «¡que viene la derecha!». Otros callan porque temen perder el cargo, la subvención, el puesto o la cercanía al poder. También están quienes preguntan, con una sinceridad tan miserable como reveladora, ¿qué será de ellos, dónde trabajarán o bajo qué gobierno vivirán mejor? No defienden ideas, sino intereses. No protegen derechos, sino privilegios. Y mientras creen conservar su pequeña parcela de bienestar, y también en muchos casos poder, colaboran en la ruina que mañana alcanzará a sus hijos, a sus familias y a ellos mismos.
Pero existe una obediencia todavía más grave, que no es otra que la de quienes aceptan convertirse en correas de transmisión de la perversión del poder. Policías que, en lugar de proteger a ciudadanos cuya seguridad ha sido violentada, descargan sobre ellos golpes y gases lacrimógenos; funcionarios que firman lo que saben que no deberían firmar o miran hacia otro lado ante órdenes contrarias a la transparencia y la libertad; fiscales y servidores jurídicos del Estado que confunden la defensa de la legalidad con la protección del Gobierno de turno. Todos encuentran refugio en alguna coartada. Unos obedecían órdenes; otros cumplían instrucciones; muchos aseguran que nada podían hacer. Sin embargo, una orden no convierte lo injusto en justo, una jerarquía no borra la responsabilidad individual y ningún uniforme, despacho o carnet político concede inmunidad a la conciencia.
No se trata de condenar colectivamente a quienes votan, trabajan en la Administración o sirven en las instituciones. Se trata de recordar que su primera lealtad no pertenece a un partido ni a quien ocupa temporalmente el poder, sino a la ley, al ciudadano y a la dignidad de su propia función. Cuando esa lealtad se invierte, el servidor público deja de servir al Estado para convertirse en instrumento del Gobierno, porque las tiranías no comienzan siempre con tanques en las calles. A veces avanzan entre aplausos, consignas repetidas y pequeñas claudicaciones cotidianas. Las tiranías crecen cuando alguien firma sin preguntar, golpea sin dudar, justifica sin pensar o calla para conservar lo suyo. El poder da la orden, es cierto, pero siempre necesita una mano que la firme, otra que la ejecute y muchas conciencias dispuestas a «tragar» sin hacer preguntas. Después, cuando llega la ruina, todos aseguran que nunca fueron responsables, que no sabían nada, que nadie les dijo ni les advirtió. Porque, no nos engañemos, también se gobierna con los silencios y los aplausos de quienes consienten. Y llega un momento en que mirar hacia otro lado deja de ser cobardía para convertirse en complicidad.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (arriba los corazones)
Septiembre 26


TOTALMENTE DE ACUERDO CON TU ARTÍCULO , LA DEMOCRACIA HAY QUE DEFENDERLA DE ESTOS VIVIDORES DE LO PÚBLICO
HAY QUE DEFENDER EL ESTADO DEL BIENESTAR NO EL BIENESTAR DEL ESTADO
Asi es como dices Jose. Un abrazo
Convendría aclarar que estas verdaderas no solo en contra del «se viene la derecha» (nosotros ya la tenemos aquí y en su versión más recalcitrante e inhumana (el anarcocapitalismo): por aquí, los títeres de don Trump dice «guarda que si no se vienen los kukas», mientras el patético y sicópata presidente votado bajo la ilusión de que el capitalismo puede ser opción al comunismo, ha destrozado a fondo el sistema productivo y político nacional… Ni lo uno ni lo otro. La Rerum Novarum del Papa León XIII condena a ambos sistemas tiránicos y muy flojos de papeles y nada de ética en cuento a la sacra dignidad humana. No sé si en el centro estará la respuesta a los dislates que el hombre viene cometiendo (caciques, fundamentalismos, reyes, tiranos, sicópatas, etc.) sin encontrar fórmulas para vivir en sana comunidad de diálogo y pensamiento crítico en búsqueda respetuosa y tolerante de la Verdad, de la Justicia, del Bien Común y de la Paz verdaderos. El Mal (Gran Hermano de la Codicia y la Mentira, Sinarquía, Nuevo Orden Mundial, Nuevo Malthusianismo…, ha sembrado mucha cizaña en el escaso trigal de conciencias éticas y nobles. E introdujo el temor de la autoeliminación de la sociedad humana (guerras fratricidas, control climático-geoingeniería, inteligencia artificial y robótica descontrolada, jaula digital global, etc, etc.). Habría que leer y releer las sentencias evangélicas del Sermón de la Montaña, cuyo sayo humanístico y trascendente cabe tanto a creyentes, como a agnósticos y a ateos pacíficos y fundamentalistas. «Oren y obren con paciencia y prudencia pues están en mundo de lobos disfrazados de corderos; y es estrecho el sendero que conduce hacia el Reino de los Cielos». ¡San Padre Pío de Pietralcina, en tu santo día, 23 Setiembre 2026, ruega por nosotros, pecadores, ignorantes y necios; para que seamos dignos de volvernos humanidad en Cristo Jesús, y Dios Uno y Trino Amor Ofrenda. Amén. Amén. Amén (Ámen. Ámen. Ámen).
Ora et labora. Paz y Bien. Fuerte abrazo santafesino y bendiciones.
Adrián.
Mi estimado Adrian, gracias por tu comentario y por el afecto con que lo cierras. Comparto tu defensa de la dignidad humana, del pensamiento crítico y del bien común. Sin embargo, aunque escribes «ni lo uno ni lo otro», encuentro un desequilibrio entre la dureza con que juzgas a la derecha y el espacio que concedes a cuestionar a la izquierda.
Mi artículo pretende señalar precisamente esa obediencia que convierte las convicciones políticas en coartadas para justificar lo injustificable. Ese criterio debe aplicarse a todos. Por mi parte, rechazo el comunismo y ese socialismo que invoca al pueblo mientras somete al ciudadano y convierte su dependencia del poder en una forma de gobierno. Tampoco concedo a ninguna derecha una absolución por adelantado.
No creo que la respuesta esté necesariamente en el centro, como si la verdad pudiera encontrarse calculando la distancia entre dos extremos. La busco en la libertad, en la igualdad ante la ley, en el respeto a las instituciones democráticas y en la posibilidad de exigir cuentas a quienes gobiernan. Quien traicione esos principios encontrará mi crítica, sea cual sea su bandera.
Podemos discrepar sin dejar de conversar. Pero para que ese diálogo sea fecundo, debemos juzgar con la misma exigencia a los nuestros y a los ajenos. Un fuerte abrazo desde el Mar Menor de España-