“La corrupción, que ha llegado a ser parte del sistema,
es un veneno que mata la política.”
(José Saramago)
Durante demasiados años se nos pidió prudencia. Prudencia ante las sospechas, ante determinadas amistades políticas, ante ciertos movimientos internacionales, ante silencios que jamás parecían casuales y ante una forma de ejercer el poder donde la propaganda siempre caminaba varios pasos por delante de la verdad. Quien se atrevía a señalarlo era rápidamente etiquetado por el mundo progre como exagerado, resentido o víctima de una supuesta obsesión ideológica. Hoy, sin embargo, las noticias hablan de posibles organizaciones criminales, estructuras mafiosas y redes piramidales de corrupción internacional vinculadas al entorno político y diplomático de José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno de España y una de las figuras más representativas del Partido Socialista Obrero Español durante las últimas décadas. Y ante algo así, el silencio prudente deja de parecer sensatez para convertirse en una forma de complicidad moral. Muchos ciudadanos contemplan ahora con desconcierto el derrumbe de una imagen cuidadosamente construida durante años desde los grandes altavoces mediáticos y políticos. Otros, entre los que me encuentro, no sentimos sorpresa alguna. Lo verdaderamente triste no es que determinadas sospechas terminen apareciendo en titulares, sino recordar cuántas veces fueron ridiculizados quienes advirtieron que detrás de ciertos discursos grandilocuentes se escondía una manera profundamente peligrosa de entender el poder. Porque esto nunca fue únicamente una cuestión de ideologías, que también y sobre todo, sino además lo fue de una cuestión de ética pública, de dignidad institucional y de respeto hacia una nación utilizada demasiadas veces como simple tablero de intereses partidistas y personales.
Basta observar algunas de las heridas que España, con estas personas y este partido, arrastra desde hace años para comprender que no hablamos únicamente de errores ¿o no? políticos aislados, sino de una manera continuada y profundamente ideologizada de ejercer el poder, primero bajo el liderazgo de Rodríguez Zapatero y hoy prolongada por el actual Ejecutivo. Todo comenzó ya bajo la sombra de aquella tragedia insoportable de los trenes de Atocha, una herida nacional sobre la que todavía sobreviven preguntas, contradicciones y dudas que jamás terminaron de apagarse en la conciencia de muchos españoles. Después llegaron el blanqueamiento progresivo de una banda terrorista como ETA y la humillación silenciosa de tantas víctimas; la amnistía concedida a golpistas y sediciosos mientras se exigía ejemplaridad al ciudadano común; la revisión de condenas vinculadas al caso de los ERE; la tragedia de Paiporta y las incógnitas aún suspendidas sobre lo ocurrido; el asesinato de los guardias civiles en Barbate; la eliminación de unidades esenciales como OCON Sur mientras el narcotráfico avanzaba con una impunidad obscena; el asesinato de Algeciras; el horror vivido en Ademuz; o una gestión de la pandemia del Covid-19 marcada por la improvisación, la propaganda y cientos de miles de familias rotas, con dos confinamientos posteriormente considerados anticonstitucionales por el Tribunal Supremo, en uno de los países más castigados del mundo. Todo ello ha ido conformando una sensación cada vez más extendida de deterioro institucional, de impunidad política y de fractura moral que muchos llevan demasiado tiempo intentando negar.
Lo más inquietante de todo no es únicamente lo que pueda terminar demostrando la justicia. Lo verdaderamente devastador es comprobar hasta qué punto una parte de la sociedad ha sido educada para aceptar cualquier degradación mientras esta llegue envuelta en palabras amables, gestos calculados y relatos sentimentales cuidadosamente fabricados. Como advirtió hace décadas Hannah Arendt, “el sujeto ideal del totalitarismo no es el convencido, sino aquel para quien la distinción entre verdad y mentira ha dejado de existir”. Hay quienes aún seguirán defendiendo lo indefendible y lo harán porque la política dejó hace tiempo de ser para ellos un ejercicio racional convirtiéndose en una fe emocional desde la que todo queda perdonado si el culpable pertenece al bando correcto. Y quizá ahí resida el mayor fracaso colectivo de nuestra democracia. No en la existencia de dirigentes corruptos, oportunistas o moralmente devastadores, sino en la existencia de millones de ciudadanos dispuestos a cerrar los ojos mientras el deterioro avance contra las instituciones, la convivencia y la propia verdad. España no necesita más salvadores de cartón piedra ni líderes construidos desde campañas de maquillaje ideológico. Necesita ciudadanos capaces de llamar corrupción a la corrupción, aunque esta lleve durante años sonriendo desde los altares mediáticos del poder.
Convienen recordar -así lo vengo diciendo a mis amigos y en tertulias- que así comenzaron también los grandes derrumbes políticos de Europa, primero entre la negación y la soberbia, después entre escándalos, corrupción y fanatismos incapaces de aceptar la realidad. Ocurrió con el socialismo francés, con el italiano, con el griego y con el laborismo británico en sus peores etapas de decadencia. Ninguno cayó de golpe. Todos comenzaron a desaparecer el día en que dejaron de ser partidos para convertirse en estructuras cerradas donde la lealtad al relato terminó siendo más importante que la verdad misma. Aviso para quienes todavía confunden militancia con obediencia y conciencia con consigna.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Muy bueno querido Juan, se entiende perfectamente …. MARAVILLOSO…
Muchas gracias hermano, me alegro compartir de aquello que entendemos. Un abrazo fuerte.