La dignidad entre los escombros

por | Jul 15, 2026 | 2 Comentarios

(Fotografía: Valentina Moncada. @valenmoncada)

Desde Letras de Parnaso queremos anunciar el nacimiento de una nueva iniciativa editorial, Crónica de una tragedia, dedicada a Venezuela.

Venezuela: Crónica de una tragedia

A través de la Corresponsalía de Venezuela y de la mano de su coordinador Ernesto Marrero, ve la luz esta nueva iniciativa que nace de la convicción de que hay realidades que exigen algo más que una mirada fugaz, algo más que un titular apresurado, algo más que una opinión lanzada al paso. Exigen detenerse, escuchar, recoger, ordenar y dejar constancia, siendo desde esa voluntad que tu revista amiga, Letras de Parnaso abre este espacio para ir reuniendo, semana a semana (todos los viernes), textos (artículos) que ayuden a contar y comprender la tragedia venezolana desde su dimensión más profundamente humana, moral y cultural. No solo desde los grandes hechos que ocupan el debate público, sino también desde sus consecuencias, desde lo que se pierde, desde lo que se hiere, desde lo que se desmorona y desde aquello que, pese a todo, todavía resiste.

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La naturaleza es el único testigo que no sabe mentir, pero cuando habla, lo hace con una potencia que calcina las palabras y ensombrece la visión. Venezuela, ese suelo que ya guardaba el eco amargo del deslave de Vargas, el caos político de tantos años y sus nefastas consecuencias, la crisis globalizada de una cruel pandemia que doblegó al mundo y un bombardeo que sorprendió la noche de Caracas, recibe ahora un golpe de brutalidad telúrica: dos terremotos consecutivos que han dejado al país sumido en una devastación física y emocional sin precedentes. No se trata solo del derrumbe de infraestructuras, sino del colapso absoluto de la cotidianidad de miles de venezolanos que hoy enfrentan la pérdida de sus familias, viviendas, negocios y de su integridad corpórea a través de la mutilación física o psicológica, sucesos que obligan a clamar por un sentido que reoriente sus vidas nuevamente.

Fueron dos bramidos profundos, subterráneos, los que en pocos segundos desmantelaron el frágil escenario de un día cualquiera, uno de magnitud 7.2 y otro de 7.5. Personas que abrazaban la vida quedaron sepultadas o despojadas de un familiar, un amigo o de un sueño. Cuando el polvo finalmente se asentó, no quedó más que el silencio espeso de una catástrofe y la mirada perdida de un pueblo que se descubre, de la noche a la mañana, habitando el vacío absoluto. ¿Cómo regresar a la vida cuando el mapa de tu existencia ha desaparecido? ¿Cómo se respira cuando el pecho está lleno de cenizas, lágrimas y fantasmas?

Ante una tragedia que desgarra la carne y el sentido, la respuesta no puede ser el frío análisis intelectual ni el consuelo superfluo de un optimismo burdo. Hay dolores que exigen ser habitados con una dignidad bravía. Cuando ya no queda nada afuera, el ser humano se ve obligado a mirar hacia ese único territorio que ninguna catástrofe puede agrietar: la trinchera de su Ser. Para levantarse de las ruinas de este presente, es necesario tejer un hilo de Ariadna, invisible pero indestructible, que traslade al dolor hacia la liberación de este laberinto, transformando la oscuridad de la pérdida en el amanecer de una nueva forma de habitar el mundo.

Estas letras proponen un sendero de resistencia y reconstrucción humana para el pueblo venezolano, sustentado en un tejido conceptual de cuatro pilares filosóficos: las situaciones límite de Karl Jaspers, la Logoterapia de Viktor Frankl, la dicotomía del control y la ciudadela interna del Estoicismo griego y la doctrina de la impermanencia budista.

Venezuela encarna de manera clara lo que el filósofo existencialista Karl Jaspers denominó una “Situación límite”. Para él, los seres humanos flotamos habitualmente en un mar de ocupaciones mundanas y seguridades ficticias que nos sumergen en una especie de adormecimiento. Sin embargo, de forma inevitable, tropezamos con muros inamovibles constituidos por el sufrimiento, la culpa, el azar y la muerte. Este terremoto rasgó de golpe la bruma de lo cotidiano y arrojó a las personas a una confrontación directa con la finitud de la existencia. Al romperse la estructura que nos sostenía, cae también la imagen ilusoria de lo que creíamos ser. En el fondo de ese despojo absoluto, descalzos ante la temporalidad, emerge la verdad más pura de nuestra condición: la conciencia de una fuerza íntima, desnuda y soberana que sobrevive a los escombros: “la existencia auténtica”.

La resiliencia comienza cuando nos atrevemos a mirar el abismo de frente, a llorar sobre las piedras caídas y aceptar el naufragio, no como un destino final, sino como una revelación. Intentar esquivar el golpe, fingir que el fuego del vacío no quema o buscar una explicación lógica al azote del azar es prolongar la agonía.

Es desde esa sinceridad donde cobra fuerza la voz de Viktor Frankl, recordándonos que, en “los campos de concentración de la vida”, donde al hombre se le arrebata la patria, el hogar, la familia y hasta la integridad de su propio cuerpo, permanece intacta la última de las libertades humana: la elección de la propia percepción sobre las adversidades de este mundo.

Un terremoto destruye la soberanía externa, pero no puede legislar sobre la soberanía del alma. El sentido no se encuentra en la tragedia, sino en la respuesta que le damos. El camino hacia adelante exige que el sobreviviente inyecte un “para qué” a su respiración. Sobrevivir con un cuerpo transformado por los golpes, sostener la mano de un huérfano, acompañar a un herido o levantar una pared con el único brazo que queda, son actos de una belleza monumental. Quien encuentra un “porqué” para resistir, descubre que sus cicatrices ya no son marcas de derrota, sino cimientos de su propia trascendencia. Ya lo decía el propio Frankl en su libro El hombre en búsqueda de sentido: “El talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su cruz, le ofrece una singular oportunidad –incluso bajo las circunstancias más adversas– para dotar su vida de un sentido más profundo”.

Para sostener esa postura ante un infortunio, los antiguos estoicos nos legaron la arquitectura de la “ciudadela interna”: no un refugio para escondernos del caos exterior, sino una fortaleza mental para observarlo con claridad. Ellos nos enseñaron a trazar una línea implacable entre lo que el destino nos depara y nuestra capacidad de elegir cómo responder. El sismo, el derrumbe, el ayer que se llevó tantas vidas, pertenecen a la corriente incontrolable del universo. Pelear mentalmente con esos segundos en que la tierra tembló es un delirio que agota las pocas fuerzas que nos quedan. La libertad estoica no es indiferencia; es presencia absoluta en el único instante que poseemos: “el aquí y el ahora”. El suelo ya se movió, el evento es neutro, fuera de nuestro control. Solo queda levantarse y restaurar el orden de nuestra razón. La pregunta que salva no mira al pasado con reproche sino con aceptación, y al presente con el ímpetu del náufrago que decide actuar: ¿qué me exigen hacer la virtud, la justicia y el deber en este preciso momento, con lo mucho o poco que me ha quedado?

Esta quietud interior se ilumina cuando comprendemos la enseñanza budista de la “impermanencia” (Anicca); porque nada en este mundo está hecho para durar, los soles se apagan, las montañas se desgastan, las ciudades y los cuerpos se transforman. El sufrimiento humano se vuelve intolerable cuando nos aferramos a las formas exigiéndoles que no cambien. Frente a la herida de la pérdida, Buda nos advierte sobre las dos flechas. La primera es el dolor inevitable de la tragedia: el golpe del concreto, el llanto por el familiar que fallece, la frustración por el miembro amputado. Negar esa flecha sería deshumanizarnos. Pero la segunda flecha es la que nos lanzamos nosotros mismos a través del resentimiento, la culpa y la resistencia a aceptar que el mundo ha cambiado. Esa es la que transforma el dolor natural en un “sufrimiento estéril” (Dukkha).

Al abrazar el flujo constante de la vida y aceptar la realidad, desarmamos la segunda flecha y entendemos que, si bien todo lo hermoso puede transformarse en cenizas en un instante, de igual manera la devastación y las ruinas no van a permanecer por siempre. La impermanencia, que hoy se vistió de herida, mañana se vestirá de reconstrucción. Además, al caer los muros de cemento, caen también los muros del ego y nace el destello de la compasión. Al descubrir que el dolor del vecino es mi propio dolor, la resiliencia deja de ser un esfuerzo solitario y se convierte en un milagro colectivo.

Superar esta desgracia en Venezuela no significa olvidar el trauma ni pretender que la vida volverá a ser la misma. Significa tener el coraje de fundar una nueva existencia sobre las grietas del pasado. Los cuatro pilares del pensamiento que revisamos, no son teorías para debatir en un aula; son antorchas para encender en mitad de la oscura noche. Nos dicen que somos vulnerables ante los embates de la naturaleza, pero invencibles en nuestra libertad de elegir cómo responder ante ella.

El sendero de la vida se camina paso a paso, con el cuerpo que nos ha quedado, honrando a los que ya no caminan a nuestro lado y recibiendo a los nuevos viajeros que vienen a acompañarnos. Continuar el camino no es un acto de olvido, sino de “transmutación existencial”.

El venezolano no se reconstruirá simplemente con nuevas edificaciones, sino conociendo el santuario de la virtud y la riqueza de su mundo interior. Cuando un ciudadano comparte su ración de pan en medio del desastre, cuando una mirada cansada encuentra un propósito para levantarse al alba, cada vez que aceptamos los Misterios de la vida y avanzamos con Propósito, mostramos que el espíritu humano es infinitamente más profundo que la tierra que lo sostiene. Que tiemble el suelo si ha de temblar, que la fortaleza del alma sigue en pie y nos conducirá hacia la cima del mañana.

Ernesto Marrero

(Corresponsal de Venezuela en L.P)

 

2 Comentarios

  1. Enrique A Meitin

    Cuando la tragedia también desnuda al poder

    Hay tragedias que destruyen edificios y hay otras que derrumban la confianza de un pueblo. Un terremoto pertenece a la primera categoría; la respuesta de un gobierno puede pertenecer a la segunda. Cuando la tierra deja de temblar comienza la verdadera prueba para quienes administran un Estado: demostrar que la vida humana vale más que cualquier interés político, económico o burocrático.

    En situaciones de desastre no existen ciudadanos oficialistas ni opositores. Bajo los escombros solo hay seres humanos esperando ser rescatados. El reloj no distingue ideologías. Cada minuto perdido reduce las posibilidades de encontrar sobrevivientes y aumenta el dolor de las familias que aguardan noticias. La prioridad absoluta debe ser salvar vidas, coordinar recursos, garantizar atención médica y ofrecer información transparente. lo que no hizo el «gobierno actual» venezolano.

    En sociedades como la de Venezuela, donde la corrupción ha echado raíces profundas, la desconfianza aparece casi de inmediato. Cuando un gobierno acumula años de opacidad, promesas incumplidas y escasa rendición de cuentas, cualquier demora en la respuesta despierta sospechas. No porque todas las sospechas sean ciertas, sino porque la credibilidad ya ha sido erosionada.

    En Venezuela, esa falta de confianza no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de una larga historia de instituciones ineficientes, de denuncias sobre corrupción y de una administración pública que, para gran parte de la población, inspira inseguridad. En ese contexto, cada emergencia se convierte también en una crisis de credibilidad.

    Durante las grandes catástrofes suelen circular rumores de toda clase. Algunos hablan de negligencia; otros, de intereses ocultos; otros, incluso, de que determinadas zonas son controladas por razones distintas al rescate. La mayoría de esas versiones nunca llega a comprobarse. Precisamente por eso un gobierno responsable debe actuar con absoluta transparencia. La mejor forma de combatir los rumores no es el silencio, sino la información verificable y el acceso de organismos independientes a las zonas afectadas cosa que no puede hacer un gobierno dictatorial y corrupto.

    Lo verdaderamente preocupante no son únicamente las versiones que circulan, sino el hecho de que millones de personas estén dispuestas a creerlas. Cuando la ciudadanía piensa que el Estado podría anteponer cualquier interés al rescate de las víctimas, el problema ya trasciende la emergencia. Se trata de una fractura moral entre gobernantes y gobernados.

    Un país puede reconstruir puentes, carreteras y hospitales. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir la confianza perdida. Esa confianza solo se recupera cuando las decisiones se toman de cara a la población, cuando la ayuda llega sin discriminaciones y cuando las investigaciones independientes pueden determinar qué funcionó y qué falló…, y el «gobierno actual» de Venezuela no puede hacerlo.

    Toda catástrofe natural exige liderazgo. No el liderazgo de los discursos solemnes ni el de las cadenas televisivas, sino el que organiza brigadas de rescate, moviliza hospitales, distribuye alimentos, protege a los desplazados y permite que la prensa informe libremente. Un gobierno que entiende esa responsabilidad sabe que su primera obligación no es proteger su imagen, sino proteger a su gente…, y una vez mas repito, el «gobierno actual» de Venezuela es incapaz de hacerlo.

    La historia demuestra que los grandes desastres también revelan el verdadero rostro de las instituciones. Hay administraciones que salen fortalecidas porque actuaron con rapidez y honestidad. Otras quedan marcadas por la improvisación, la descoordinación o la incapacidad para responder. La diferencia no la establece el terremoto, sino quienes tienen la responsabilidad de enfrentarlo.

    Por ello, más allá de cualquier debate político, existe un principio que debería ser incuestionable: ninguna prioridad del Estado puede situarse por encima del rescate de vidas humanas. Ninguna consideración administrativa, militar o política puede justificar retrasos evitables cuando existen personas atrapadas bajo los escombros.

    La crítica a un gobierno no debe nacer del odio, sino de la convicción de que quienes ejercen el poder administran una responsabilidad inmensa. Cuando esa responsabilidad se incumple, la sociedad tiene el derecho —y el deber— de exigir explicaciones, transparencia y rendición de cuentas. No para alimentar la confrontación, sino para evitar que los errores vuelvan a repetirse.

    Los terremotos son inevitables. La negligencia no lo es. La corrupción tampoco. La indiferencia, mucho menos. Los pueblos pueden soportar el peso de una montaña derrumbada; lo que difícilmente soportan es sentir que quienes debían protegerlos no estuvieron a la altura de su deber.

    Al final, los escombros siempre terminan retirándose. Las ciudades vuelven a levantarse. Pero el juicio de la historia permanece. Y la historia suele ser implacable con los gobiernos que, en la hora más oscura de su pueblo, olvidaron que el primer deber del poder es salvar vidas.

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    • Pellicer

      Sin duda una extensa y profunda reflexión que no por conocida deja de impactar por las consecuencias y orígenes de la tragedia. Saludos

      Responder

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