«Hay actitudes que no nacen de la convicción, sino del miedo a que la realidad las desmienta».
Hay algo profundamente humano —y al mismo tiempo peligrosamente destructivo— en la capacidad de convertir la derrota en relato, la pérdida en consigna y el aislamiento en épica. No es solo una estrategia política, es una forma de supervivencia emocional que, cuando se prolonga, deriva en autoengaño. Y el autoengaño, cuando se reviste de moral, se vuelve casi inexpugnable, porque ya no se defiende una idea, se protege una identidad. Lo que hemos visto tras las recientes elecciones no es únicamente un cambio de fuerzas, ni siquiera un giro ideológico más o menos previsible, es la escenificación de una resistencia que ha dejado de responder a la realidad para obedecer únicamente a la necesidad de negarla. Un bloque reducido, casi simbólico, aferrado a su propia narrativa como si en ello le fuera la existencia, levantando un discurso de permanencia que, lejos de reconstruir, enquista. Como ese jefe que agita banderas desde lo alto de su castillo, no para convocar a los suyos —que ya apenas están— sino para convencerse de que aún queda un ejército tras los muros.
Pero la verdadera tragedia no es la pérdida de representación, ni siquiera la derrota, es la incapacidad de escuchar lo que esa derrota está diciendo. Cuando una opción política se convierte en un eco de sí misma, cuando deja de interpelar a la sociedad real para hablar únicamente a los convencidos, entra en una deriva donde la autocrítica deja de existir y todo se explica desde la injusticia, la incomprensión o la culpa ajena. Es entonces cuando la resistencia deja de ser una virtud para convertirse en un hábito, y este, cuando se consolida, en una forma de inevitable decadencia. Porque no hay mayor pobreza política que la de quien solo sabe resistir, resistir sin revisar, resistir sin escuchar, resistir sin comprender. Esa permanencia no es fortaleza, es miedo, miedo a reconocer que el tiempo ha cambiado, que el lenguaje ya no alcanza, que las respuestas han dejado de servir. Y ante ese vértigo se levanta un refugio ideológico donde todo sigue teniendo sentido… aunque fuera ya no lo tenga.
El problema es que ese refugio no es un lugar neutro. Desde ahí no solo se sobrevive, también se construye un relato que convierte al adversario en enemigo, al discrepante en traidor y a la realidad en amenaza. Se instala una emocionalidad sostenida en el agravio, en la sospecha permanente, en la necesidad de señalar antes que asumir. Y esa deriva no solo empobrece sino que termina deformando. Porque un proyecto -cualquier proyecto, especialmente el político- que se alimenta del resentimiento acaba necesitando ese resentimiento para existir. Aceptar la derrota no es rendirse, es, a veces, el único gesto de honestidad que queda. Lo demás —la épica hueca, la resistencia sin horizonte, la negación convertida en identidad— no es firmeza. Es una forma de permanecer sin avanzar. Y hay permanencias que, con el tiempo, se parecen demasiado a una condena.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

NO A LA GUERRA, SE HA CONVERTIDO EN UN NO A PRESENTAR PRESUPUESTOS GENERALES DEL ESTADO QUE ES UN MANDATO CONSTITUCIONAL, NO HA POLITICAS DE VIVIENDA, NO HA RECONOCER QUE SIN APOYOS NO SE PUEDE GOBERNAR, NO HA ELECCIONES GENERALES, ES DECIR NO A TODO AQUELLO QUE SIGNIFIQUE EL INTERÉS GENERAL
Asi es. Un burdo y miserable intento por confundir a los ciudadanos. Un menosprecio a la inteligencia. Supongo y espero que esa arrogancia y esa irresponsabilidad no sea olvidada por el pueblo. Un abrazo fuerte Jose.