La lección del Mundial©

por | Jul 22, 2026 | 4 Comentarios

«El ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única.»
(Albert Schweitzer)

Hay victorias que pertenecen al deporte y otras que pertenecen a la conciencia de un pueblo. El reciente triunfo de la selección española en el Mundial no solo nos ha regalado una copa, también nos ha recordado cuáles son los ingredientes imprescindibles para alcanzar el éxito: talento, disciplina, esfuerzo, lealtad, sacrificio, humildad, mérito y un profundo sentido del deber. Ninguna de esas virtudes admite atajos. Durante aquella gesta nadie preguntó a los campeones qué ideología profesaban, de qué región procedían, a quién votaban o qué idioma hablaban. Solo importó una cosa, que cada uno estuviera dispuesto a dejar hasta la última gota de energía por un escudo que representaba a todos. El éxito nació exactamente ahí, donde el «yo» decidió ponerse al servicio del «nosotros». Y quizá por eso la comparación con quienes hoy gobiernan España resulte tan incómoda como reveladora, porque basta observar qué ha hecho grande a esta selección para descubrir, por contraste, buena parte de aquello que está degradando nuestra vida pública. Como escribió Séneca, «largo es el camino mediante preceptos; breve y eficaz mediante ejemplos».

¿Habríamos ganado el Mundial si el entrenador hubiera prohibido a sus jugadores tirar a puerta? ¿Si varios futbolistas hubieran regalado deliberadamente el balón al contrario a cambio de seguir en la alineación? ¿Si para formar el equipo no se hubiera elegido a los mejores, sino a los más obedientes? ¿Qué pensaríamos de un seleccionador dispuesto a sacrificar a su propio equipo para conservar el banquillo? Nos parecería una locura. Y, sin embargo, cuando abandonamos el fútbol y hablamos de España, aquello que consideraríamos una traición imperdonable sobre el césped puede presentársenos desde el Gobierno convenientemente envuelto en palabras como «progreso», «diálogo», «convivencia» o «responsabilidad». Porque España tiene hoy un Gobierno que ha convertido demasiadas veces la necesidad de permanecer en el poder en principio rector de su política. Un Gobierno capaz de negar solemnemente aquello que después termina haciendo; de pactar su continuidad con quienes no esconden su voluntad de debilitar el proyecto común; de convertir concesiones antes consideradas inadmisibles en inevitables ejercicios de convivencia cuando sus votos resultan necesarios; y de presentar cada rectificación, cada cesión y cada contradicción como una nueva victoria moral. Imaginemos semejante comportamiento en nuestra selección. Imaginemos al delantero entregando el balón al adversario y explicándonos después que lo hace por el bien del equipo. Al defensa apartándose para facilitar el gol contrario porque necesita el apoyo del delantero rival para seguir siendo titular. Al entrenador cambiando las reglas cada vez que el resultado no le favorece y culpando al árbitro, al VAR, a la prensa o al público cuando alguien osa señalar el desastre. Nos echaríamos las manos a la cabeza.

Pues cambien ustedes el balón por el poder, el banquillo por La Moncloa y el marcador por una mayoría parlamentaria, y quizá algunas cosas comiencen a resultar inquietantemente familiares. La selección ha ganado porque cada jugador sabía para quién jugaba. Esa diferencia resulta esencial. Nadie negociaba con el contrario cuánto podía perjudicar a sus compañeros para conservar su puesto. Nadie despreciaba la camiseta que vestía. Nadie necesitaba rebajar al mejor para justificar al mediocre. Allí había una portería que defender, unas reglas que respetar y un objetivo común situado por encima de cualquier interés personal. Y, al final, 47 millones de españoles ante quienes presentarse con una copa que no pertenecía a los jugadores, ni al entrenador, ni a una ideología, ni a un territorio: era la copa de todos los españoles. Exactamente lo contrario de lo que este Gobierno parece empeñado en imponernos como una nueva normalidad.

Normal que la mentira política apenas tenga consecuencias. Normal que la corrupción se denuncie con una indignación distinta dependiendo de quién figure en el sumario. Normal que la palabra dada pueda valer hasta que deje de resultar conveniente. Normal que quienes atacaron el orden constitucional se conviertan en interlocutores imprescindibles para sostener una mayoría. Normal que el mérito ceda terreno ante la obediencia, que las instituciones soporten el desgaste de la batalla partidista y que cualquier crítica sea inmediatamente descalificada como enemiga, reaccionaria o sospechosa. No. No debería parecernos normal, porque hay una diferencia esencial entre un vestuario campeón y un poder atrincherado en su búnker que ha perdido la noción de sus propios límites. En el primero, nadie es más importante que el escudo; en el segundo, el escudo termina utilizándose para proteger a quienes deberían protegerlo. Los campeones del mundo han demostrado que la autoridad se conquista desde el esfuerzo y con el ejemplo. Este Gobierno parece confiar demasiado en que basta con controlar el relato. Unos levantan una copa; otros levantan muros, excusas y cortinas de humo. Unos aceptan las reglas antes de comenzar el partido; otros cuestionan al árbitro cuando no pita a su favor. Unos entienden que representar a España constituye un honor; otros parecen comportarse como si España fuera una propiedad negociable con la que pagar cada nueva jornada de supervivencia política.

Y ahí está quizá la gran lección de este Mundial. La selección no ganó dividiendo el vestuario, enfrentando a unos jugadores contra otros, premiando al mediocre, entregando balones al adversario ni negociando nuestra portería para conservar el banquillo. Ganó haciendo exactamente lo contrario, es decir, seleccionando talento, trabajando, sacrificándose, respetando unas reglas, confiando en sus compañeros y defendiendo juntos la misma camiseta. Por eso resulta obsceno que aquello que cualquiera comprende cuando rueda un balón parezca volverse incomprensible cuando hablamos de gobernar una nación. Las naciones, igual que los equipos, terminan pareciéndose a los valores que premian. Si premiamos el honor, el esfuerzo, el mérito, la lealtad y el sacrificio, tendremos razones para aspirar a la victoria. Si premiamos la mentira, la corrupción, la deslealtad, el oportunismo y la impunidad, no podremos fingir sorpresa cuando descubramos que llevamos demasiado tiempo marcándonos goles en nuestra propia portería.

La selección española acaba de enseñarnos cómo se gana, y este gobierno lleva demasiado tiempo enseñándonos exactamente lo contrario.

Juan A. Pellicer

(julio 26)

Sursum Corda (Arriba los corazones)

4 Comentarios

  1. Leonor Pellicer

    Magnífica reflexión.
    No puedo estar más de acuerdo contigo.
    La alegría de ganar creo que sólo fue superada por la maravillosa sensación de ver nuestra querida España unida.
    Fue estupendo no ver al impresentable que tenemos por presidente conmemorando en el terreno de juego la victoria y sí al rey Felipe y las muestras de cariño que se procesaban mutuamente.
    La nota negativa de tanta alegría es que ese día y al siguiente, se podía ondear nuestra bandera y gritar «Arriba España» sin que se nos llamara fachas y al otro sí.
    Que no salgamos a la calle para reclamar todo lo que se nos está arrebatando, con el mismo énfasis que demostramos por ser los campeones del mundo…
    Pero me quedo con todas las notas buenas, que no son pocas. ARRIBA ESPAÑA!

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    • Pellicer

      Asi es como dices, Leonor. Quedémonos con todas las muestras y notas positivas que la gesta nos ha dejado. Un abrazo fuerte.

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  2. jose cano fenoll

    ESTIMADO JUAN ANTONIO NUNCA E ESTADO TAN ACUERDO CONTIGO COMO AHORA

    LA COMPARACIÓN DE SER CAMPEONES DEL MUNDO GRACIAS A UNA SELECCIÓN DE JUGADORES QUE GRACIAS A LUIS DE LA FUENTE FORMAN EL MEJOR EQUIPO DEL MUNDO ES VERDAD

    SI EL PRESIDENTE DE ESPAÑA NO SE MIRASE TANTO EL OMBLIGO Y COPIARA AL SELECCIONADOR ESPAÑA SERÍA LA MEJOR NACIÓN DEL MUNDO

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    • Pellicer

      Muchas gracias Pepe, ciertamente si la actuación fuera otra, otros y mejores serian los resultados. A la acción del gobierno me refiero, evidentemente. Un abrazo.

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