«Cuando ya no sabemos dar sentido al sufrimiento, empezamos a querer eliminarlo» (Byung-Chul Han)
Hay acontecimientos que, por su crudeza, abandonan lo interno para instalarse en la plaza pública convertidos en materia de debate, lo ocurrido estos días en España en relación a la muerte voluntaria de una chica de 25 años, ha seguido ese camino previsible, una decisión extrema, una ley que la ampara y una sociedad dividida y enfrentada por ideología, y a partir de ahí el reparto habitual de argumentos, unos apelando al derecho individual, otros señalando fallos del sistema, algunos invocando convicciones morales o religiosas, otros buscando responsabilidades en el entorno más cercano, y todos, de un modo u otro, convencidos de encontrar una explicación que tranquilice su propia conciencia, sin embargo, hay algo en todo este movimiento que incomoda precisamente por lo contrario, porque quizá la pregunta que estamos formulando no es la adecuada, o porque evitamos formular la que verdaderamente nos interpela, ya que no estamos únicamente ante una decisión individual ni ante una herramienta legal, sino ante un síntoma, y los síntomas, cuando son profundos y como en este caso, irreversibles, no se resuelven señalando una única causa.
Hay aquí una transformación silenciosa que afecta a la manera en que una sociedad, el hombre actual, se relaciona con sus propios límites, con el dolor, con la fragilidad, con la vulnerabilidad. Durante siglos la muerte —y más aún la decisión de provocarla— formaba parte de un territorio excepcional, incómodo, difícil de integrar en la normalidad de la vida, algo que no se administraba ni se incorporaba con naturalidad a los mecanismos ordinarios, y sin embargo hoy comienza a deslizarse hacia un espacio distinto, más ordenado, más regulado, más nombrable, y en ese tránsito surge una inquietud de fondo, qué ocurre cuando lo excepcional deja de serlo, qué sucede cuando lo límite encuentra su lugar dentro de lo asumible, tal vez el problema no radique solo en la existencia de una ley, sino en la facilidad con la que una sociedad aprende a convivir con ella sin necesidad de incomodarse ni cuestionarse nada, y en ese proceso el lenguaje actúa como un refugio sutil, no es lo mismo decir muerte que procedimiento, ni fin que derecho, las palabras amortiguan, suavizan, hacen transitable lo que en esencia sigue siendo extremo, y cuando una realidad necesita ser dulcificada para ser aceptada quizá no esté del todo resuelta.
A ello se suma una evidencia que preferimos no mirar de frente, vivimos en una cultura que ha reducido su tolerancia al sufrimiento, no tanto en el sentido de aliviarlo —que sería una aspiración legítima— sino en el de no saber ya convivir con él cuando no tiene solución inmediata, el dolor ha dejado de ser un espacio que se recorre para convertirse en un estado que debe resolverse, cerrarse, eliminarse, como advirtió el psiquiatra Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, «el verdadero problema no es el sufrimiento, sino el sentido que le damos», y en ese impulso por clausurar lo que incomoda quizá estemos perdiendo algo esencial, la capacidad de sostener, de acompañar, incluso de permanecer, lo que introduce además una tensión difícil de ignorar, hablamos de salud mental, de prevención, de evitar que alguien caiga, desplegamos recursos para sostener la vida, y al mismo tiempo y paradójicamente comenzamos a aceptar que, bajo determinadas condiciones, ese final pueda ser facilitado. No se trata de equiparar situaciones distintas, pero sí de advertir que algo se desplaza, una línea que antes parecía nítida comienza a volverse difusa, y en esa difuminación se juega, desde mi particular punto de vista, algo más que un debate jurídico o moral, quizá lo más inquietante no esté en lo visible sino aquello que está en segundo plano, una soledad que no siempre se nombra, un clima en el que la desaparición/eliminación puede llegar a percibirse como una salida razonable, y ahí la pregunta deja de ser individual para convertirse en colectiva, no en términos de culpa sino de marco social, ¿qué tipo de mundo estamos construyendo cuando la vida, en determinadas circunstancias, pierde su condición de posibilidad?, porque no se trata de dictar sentencias sino de observar el desplazamiento que se están produciendo casi sin ruido, pasamos de preguntarnos cómo salvar una vida a preguntarnos cómo acompañar su “final”, y ese cambio, que puede parecer sutil, contiene una transformación profunda en la manera en que entendemos lo humano, tal vez aún no sepamos del todo qué estamos haciendo, pero empezamos a intuir, con una claridad incómoda, en qué podríamos llegar a convertirnos si dejamos de interrogarnos.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (arriba los corazones)

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