“El hombre no vive sino en la medida en que se afirma contra sí mismo.”
(Emil Cioran)
Hay días en los que una frase se queda conmigo sin hacer ruido. No llega como una revelación ni como una certeza, sino como algo que empieza a rondar mientras hago otras cosas, mientras camino, escucho, escribo … Hace poco tiempo y durante una conversación, alguien habló de lo que llamó como la religión del no ser, y desde entonces no he dejado de pensar en ello, quizá porque no lo siento como una idea ajena, sino como una tentación cercana.
El “no ser” no lo imagino como una renuncia espectacular ni como un gesto dramático, más bien lo percibo como ese cansancio que aparece cuando sostenerse a uno mismo empieza a pesar. Cuando decir lo que uno piensa exige una energía que no siempre tenemos. Cuando vivir con atención, con presencia, con responsabilidad interior, se vuelve agotador. Es entonces cuando surge el deseo de aflojar, de rebajar la intensidad, de dejar que otros piensen, decidan o marquen el paso.
No creo que nadie despierte un día diciendo “voy a dejar de ser”. Creo que eso ocurre de una forma mucho más discreta. Posiblemente cuando uno se acostumbra a callar ciertas cosas, a suavizar lo que incomoda, a adaptarse demasiado bien. Cuando la tranquilidad pesa más que la verdad interior. Y sin darnos cuenta, seguimos viviendo, trabajando, opinando incluso, pero cada vez con menos implicación profunda, como si estuviéramos un poco ausentes de nuestra propia vida. A veces ese “no ser” adopta formas respetables. Se disfraza de prudencia, sensatez, madurez. Otras, se refugia en certezas colectivas que ahorran la tarea de pensar. El grupo, la consigna, la idea repetida ofrecen descanso. Pensar por cuenta propia cansa, expone, incluso a veces uno siente que se queda solo. Y renunciar a ese esfuerzo puede parecer una forma legítima de cuidado, aunque en el fondo vaya vaciando algo esencial. Lo más inquietante llega cuando esa renuncia deja de doler. Cuando ya no se echa de menos lo que se ha ido dejando atrás. Cuando la vida se vuelve más llevadera porque se ha reducido su intensidad. Ahí, el “no ser” deja de ser una “retirada” ocasional para convertirse en una forma de estar en el mundo, cómoda, ordenada, pero pobre de experiencia interior.
Yo no creo que vivir consista solo en cumplir ni encajar. Para mí, vivir tiene que ver con estar despierto dentro de lo que uno hace, con asumir la fragilidad de pensar por uno mismo, con aceptar que “ser” cansa y a veces duele, pero también da sentido, todo el sentido diría yo. Por eso esta idea del “no ser” me inquieta, porque la siento cerca, porque sé que todos, en algún momento, podemos sentir la tentación de desaparecer un poco de nosotros mismos, y precisamente hoy, más que grandes gestos o discursos, lo verdaderamente difícil quizá sea no renunciar a uno mismo, sino seguir estando presentes en lo que pensamos, en lo que sentimos, en lo que elegimos y todo ello, no por heroicidad, sino por fidelidad, porque puede que el “no ser” alivie, pero también nos aleja, poco a poco, de aquello que hace que la vida merezca ser vivida con toda su grandeza y complejidad.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

.. He leído con atención tu artículo y, en esencia, estoy de acuerdo.
No se puede apagar de un día para otro los sentimientos, ideales, compromisos, fidelidades… En fin, no se deja nunca de ser fiel a uno mismo.
Abrazos, Compañero y Amigo.
Muchas gracias Juan por hacerte eco de estas letras comprobando que la lealtad sigue siendo nuestra fiel compañera. Un abrazo fuerte.