“Cuando el espíritu se acostumbra a la decadencia,
la libertad deja de ser un valor y pasa a ser un estorbo.” (Gustave Thibon)
Hay algo más inquietante que la corrupción, que el abuso de poder o que la degradación calculada de las instituciones, y es la mansedumbre con la que una sociedad llega a aceptarlo. No hablo de resignación digna, sino de algo más turbio, más peligroso, que termina convirtiéndose en costumbre, la tragedia normalizada.
Vivimos en un país donde el precio de la luz, la cesta de la compra, los impuestos, la precariedad laboral, la crisis de la vivienda y un larguísimo etcétera, pesan cada día más sobre los hombros de la ciudadanía, mientras se suceden casos de corrupción, tramas, favores cruzados, nombramientos indecentes y pactos inconfesables con minorías que no ocultan su desprecio -cuando no ataque- al marco constitucional que nos sostiene -(A. Otegi: “Para que España sea roja, antes tendrá que ser una España rota”)– Herederos de la violencia unos, promotores de golpes de estado otros, marcan la agenda de un gobierno hipotecando principios a cambio de mantenerse unas semanas más en el poder -quizá para continuar haciendo lo que se está viendo-.
Y, sin embargo, las calles no arden, las plazas no se llenan, las conciencias no terminan de despertar. Parafraseando la lucidez amarga de Camus: “el mal no necesita monstruos, sino ciudadanos dispuestos a mirar hacia otro lado” ¿Qué nos está ocurriendo?
La primera respuesta es incómoda, nos han acostumbrado. La saturación informativa, la propaganda constante, la manipulación del lenguaje y el uso impúdico de los medios públicos subvencionados han ido construyendo una pedagogía de la sumisión. Todo se relativiza, todo se “contextualiza”, todo se disuelve en un relato oficial donde el verdadero problema nunca es el abuso, sino paradójicamente quien lo denuncia. Se ha instalado la idea de que protestar es “ser radical”, de que exigir ejemplaridad es “hacerle el juego al enemigo”, de que defender la ley es, curiosamente, una forma de “odio”.
La segunda respuesta es el miedo. No un miedo dramático, sino un temor silencioso a perder el trabajo, a ser señalado en el entorno laboral, a quedar fuera del “rebaño” ideológico que domina determinados espacios sociales, culturales o mediáticos. Muchos prefieren callar antes que exponerse. Y el silencio, multiplicado por millones es lo que construye una falsa sensación de consenso.
La tercera respuesta es el cansancio. Décadas de promesas incumplidas, escándalos impunes, alternancia de siglas con alternancia de vicios han dejado una huella de escepticismo profundo. “Todos son iguales”, se repite como coartada para no implicarse. Esa frase, que parece crítica, es en realidad una rendición.
Mientras tanto, se colonizan instituciones, se vacían de contenido los contrapesos, se ridiculiza la separación de poderes, se desprecia la meritocracia, se debilitan los organismos de control, se compra la paz social con subvenciones selectivas y se fomenta un clima de crispación calculada, útil para dividir a la ciudadanía en bandos irreconciliables. La sociedad, temerosa, fragmentada y agotada, se refugia en su supervivencia diaria y mira hacia otro lado.
Lo verdaderamente grave no es solo lo que el poder está haciendo, sino lo que la sociedad está dispuesta a tolerar. Un gobierno puede intentar forzar los límites del sistema, incluso empujarlo hacia un cambio de régimen disfrazado de “progreso” -estoy convencido que ese y no otro es su último objetivo- pero solo triunfa cuando encuentra un pueblo distraído, intimidado o anestesiado.
La historia enseña una lección sencilla al tiempo que brutal, que preferimos olvidar, porque exige responsabilidad, ningún cataclismo político se consuma de un día para otro, ni sin avisos. Se construye lentamente, a la vista de todos, mientras la mayoría decide -por acción u omisión- que es más cómodo no ver.
El verdadero punto de inflexión no será cuando el poder cruce una línea roja, sino cuando la ciudadanía deje, por fin, de aceptarlo como normal.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

HOLA DE NUEVO JUAN ANTONIO UNA VEZ MAS TU ARTICULO PONE EL DEDO EN LA LLAGA
SIENDO VERDAD TODO LO QUE DICES Y ESCRIBES NO ES MENOS CIERTO QUE ESTA SITUACION TIENE NOMBRE Y APELLIDOS PEDRO SANCHEZ Y TODOS SUS COMPINCHES
ESPERO QUE EN LAS PROXIMAS ELECCIONES GENERALES SEPAMOS A QUIEN TENEMOS QUE VOTAR
Mi estimado Pepe, sin duda los próximos comicios serán una nueva oportunidad para escuchar la voz de los ciudadanos. Esperemos no equivocarnos. Un abrazo fuerte.
Esta peligrosa mansedumbre social ante la corrupción, el deterioro institucional que estamos sufriendo, y viendo la aceptación como la mayor tragedia, nos esta conduciendo a la sumisión fomentada por la manipulación informativa, el miedo a la disidencia y el cansancio ciudadano. La clave del cambio, no está en los actos del poder, sino en que la ciudadanía deje de normalizar lo intolerable, siga tragando como plato comestible la indigencia mental de unos y la desídia de otros, facil camino para traspasar esa línea divisoria que, nos aleja de la tangible realidad de un estado vencido por la abulia y un pueblo que no reclama la libertad lograda por nuestros padres a gangre, dolor, lágrimas y fuego, dormido ya y languideciendo solo en el corazón. seguiremos luchando unos pocos en pro del regalo recibido de nuestros ancestros, EL DE LA LIBERTAD DE UNA NACION.
Muchas gracias Chema por tu certera reflexión. Un abrazo