sursum corda

Liturgia de un amanecer©

por | Nov 4, 2025 | 6 Comentarios

En la penumbra primera, me entrego a la senda que conduce hacia el mar. El mundo parece suspendido en un instante inmóvil, como si aguardara la señal del día para volver a latir.
No camino deprisa, no me detengo; avanzo con el ritmo de quien sabe que cada paso conduce a un encuentro. El aire fresco acaricia suave, como soplo que recuerda lo simple y esencial, respiro, y la vida me pronuncia.

La senda hacia el mar se convierte en un pasillo sagrado. No hay templo de piedra ni altares de oro, solo la solemnidad de lo vivo que se insinúa en los detalles: un jazmín tardío que perfuma la penumbra, el canto de un pájaro que se atreve antes que todos, la brisa que roza el rostro como si quisiera decir, ¡estás aquí, sigue! Es la vida hablándonos en susurros, y yo, testigo agradecido, aprendo a escucharla.
Cada detalle es un signo secreto: la humedad en las piedras, el olor a tierra que despierta, la brisa que lleva consigo ecos de mares lejanos, el familiar graznido de una gaviota. Todo parece conjurado para recordarme que vivir no es correr tras lo imposible, sino demorarse reconociendo la verdad en lo que acontece.

Al llegar a la orilla, el horizonte se abre como un libro que comienza a escribirse de nuevo. El mar, inmenso y silencioso, conserva aún la tinta oscura de la noche, pero ya intuye la claridad que lo transformará en espejo de fuego. Es entonces cuando empieza la liturgia, detenerse, contemplar, agradecer. El rito no requiere palabras ni gestos solemnes, basta con la presencia.
Allí, el mar se convierte en altar silencioso. Sus olas repiten una oración sin palabras, un murmullo incesante que acompasa mi respiración. Frente a esa inmensidad, lo humano se reconoce pequeño, pero también infinito en su capacidad de sentir asombro.

El amanecer no irrumpe, acontece. El cielo, tímido al principio, empieza a bordarse de tonos que ningún pintor podría copiar con exactitud. Primero, un resplandor apenas insinuado; después, la expansión de los dorados, los rojos, los azules que nacen y mueren en cuestión de segundos. Nada permanece, todo fluye, y esa fugacidad es la esencia misma del milagro.

Allí, frente a esa metamorfosis silenciosa, descubro la medida exacta de la humildad, ser parte de algo inmenso que me sobrepasa y, sin embargo, me incluye. No soy dueño de nada, ni siquiera de mis certezas; solo soy huésped de un instante que me permite reconocerme vivo. Y en esa conciencia se enciende la sincera gratitud.

Cada amanecer trae consigo una enseñanza discreta. La vida se revela como renovación constante, que incluso después de la más oscura de las noches la claridad se abre camino porque no es un espectáculo que busque entretener, sino un instante que se inventa para ser habitado con plenitud.
Tal vez la mayor sabiduría consista en eso, en no dejar pasar inadvertido lo evidente. En comprender que cada aurora no es una repetición, sino una revelación. Porque el milagro no está en lo extraordinario, sino en la posibilidad de mirar lo cotidiano con ojos nuevos.

El mundo, con sus prisas y tensiones, seguirá girando. Pero yo me quedo en esta pausa, en este rito tan íntimo como silencioso que me reconcilia con lo esencial. Porque cada amanecer es un himno sin palabras, una plegaria sin dogma, un acto de amor que no pide nada a cambio siendo suficiente abrir los ojos para ser parte de su liturgia.

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (Arriba los corazones)

6 Comentarios

  1. Amalia Lateano

    Impecable prosa poética de índole intimista
    Geacias por compartir. Es sublime Amalia Lateano

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    • Pellicer

      Muchas gracias Amalia por hacerte eco de estas letras. Un abrazo fuerte.

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  2. Leonor

    Maravillosa liturgia la que realizas cada mañana.
    Maravillosa la forma en que la vives.
    Y Maravillosa la manera en que nos la transmites, dejándonos acompañarte en ella. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

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    • Pellicer

      Muchas gracias a ti, querida Leonor, por compartirla igual que la propia vida. Besitos.

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  3. Manuel Javier Aroca Iglesias

    Precioso. Conmovedores la precisión y el sentimiento con los que has edificado esta pequeña obra de arte. Solo puedo decir que, sin haberlo sabido expresar de modo tan brillante, pienso lo mismo.
    La parte (la minúscula parte que somos) reconociéndose con toda la humildad del mundo en el todo.
    Una reflexión que, como su más que indicado título sugiere, conforta y anima.
    Un abrazo, querido Juan Antonio

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    • Pellicer

      Muchas gracias Manuel Javier por esa comunión en lo literario y también en lo espiritual. Un abrazo fuerte.

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