“El silencio es el refugio de las ideas que todavía no han encontrado su forma.”
(Gustave Thibon)
En toda conversación entre amigos hay un instante que puede ser más o menos alargado en el tiempo, en el que las palabras deciden no acudir cuando se las llama. No es un drama, apenas un segundo de duda en el que la memoria juega a esconderse. Es curioso cómo ese instante, tan humano, despierta a veces interpretaciones solemnes, como si el silencio repentino fuese un indicio de ignorancia y no un gesto natural del pensamiento.
Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a exigir claridad inmediata, respuestas precisas, explicaciones perfectas. Pero el pensamiento, estoy seguro, no funciona así; creo más bien que avanza a su ritmo, se demora, retrocede, se ilumina de golpe o se nubla sin avisar. A veces —muchas— se sabe más de lo que se logra decir. Otras veces intuye, pero aún no encuentra las palabras que lo acompañen. Y eso, lejos de ser una falta, es simplemente la textura real de lo humano, imperfectos y, sin embargo, maravillosamente inacabados.
Recuerdo haber leído en algún lugar que el lenguaje es una especie de puente siempre en construcción. No se inaugura nunca del todo. Uno puede conocer un tema profundamente y, aun así, tropezar al explicarlo. No porque no lo sepa, sino porque el puente todavía está siendo ensamblado entre lo que uno piensa y lo que desea transmitir, más aún, cómo lo desea transmitir. A veces una pieza tarda en encajar.
Además, las conversaciones entre amigos no son —no deberían ser— exámenes, púlpitos ni tribunas. Son lugares donde el pensamiento está sin necesidad de demostrarse a sí mismo. Espacios donde un lapsus no debería interpretarse como un fallo, sino como un recordatorio amable de que todos tenemos rincones que no siempre se iluminan a la primera.
Hay quien cree que la fluidez es sinónimo de conocimiento. Puede que a veces ocurra, pero muchas otras la verdadera profundidad es más silenciosa, más tímida, más inclinada a la pausa. Explicar bien es un arte, cierto, pero entender bien es otra cosa distinta y no siempre coinciden en la misma persona ni en el mismo momento; como decía Blaise Pascal, “el pensamiento no siempre habla en voz alta y, en ocasiones, necesita del silencio para no traicionarse”. Por eso, cuando en medio de una charla aparece un vacío breve —una palabra que no llega, una idea que se resiste, algo que se ha olvidado— quizá sea mejor no apresurarse a interpretarlo. Porque las conversaciones más bellas quizá no sean las que encadenan certezas, sino aquellas que permiten que la duda, la pausa y la búsqueda convivan sin prisa. Al final, no hay mayor signo de confianza entre amigos que aceptar que cada uno piensa a su manera, con sus luces y sus silencios.
Porque, en ocasiones, es en un segundo de silencio donde el pensamiento muestra su verdadero trabajo. Y eso no disminuye a nadie, antes al contrario, nos recuerda que seguimos vivos, atentos, aprendiendo —como digo— desde nuestra infinita pequeñez.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

En el silencio se encucha algo más que con palabras no se describe. Coincido contigo en que se hace necesario desmitificar el silencio o el lapsus verbal, el silencia en el díalogo, no son fallos o muestras de desconocimiento, sino la «textura real de lo humano» y una manifestación del complejo y lento proceso de traducir el pensamiento interno al lenguaje hablado. Tu escrito invita a la paciencia, la autocompasión y la confianza en la comunicación, especialmente entre amigos.
Un abrazo Juan Antonio.
Muchas gracias Clara Patricia por esta lectura serena y positiva que haces de los silencios. Ellos, a veces, nos muestras otras facetas o misterios de nosotros mismos. Un abrazo fuerte.
Profundo pensamiento, que me hace viajar por el tiempo, recordando momentos: sin preocuparme por el pensamiento. El cual es tan libre como se siente mi alma al estar, ir y regresar a lugares que no yo pienso. Gracias Juan por compartir. Hermoso pensamiento, reflexión o simplemente momentos, que son los que nos unen y nos permite crear.
Muchas gracias a ti estimada Amansia por compartir estos silencios, que como bien dices, también y de alguna manera nos unen. Un cálido abrazo desde el Mar Menor de España.