Hay un gesto silencioso en nuestra sección de Poesía que quizá haya pasado desapercibido, pero que guarda la magia de una lección. Entre tantos versos vivos, que respiran desde países diversos, la sección se abre y se cierra con dos nombres que ya no responden a ninguna patria concreta. Donde debería figurar un lugar de origen, aparece una sola palabra, sencilla y definitiva, que lo dice todo, eternidad.
Ese detalle, mínimo y a la vez inmenso, nos recuerda que la poesía no muere con el poeta, que la palabra verdadera continúa su viaje incluso cuando quien la escribió ha hecho silencio, ya no se encuentra entre nosotros. Tal vez por eso, al comenzar y terminar nuestro espacio con ellos, el lector entra acompañado por dos presencias que ya están más allá del tiempo, y sale acompañado también por ellas, como si custodiaran el paso.
Los que estamos aquí, firmando con nuestro país al lado del nombre, somos todavía tránsito, camino, pregunta. Ellos, en cambio, escribieron una vez, pero ya para siempre. Y al ver ese “eternidad” bajo sus firmas, recordamos que este oficio —este milagro de nombrar con palabras lo que sentimos— tiene algo de legado, algo de llama que otros encenderán cuando ya no estemos.
Quizá hoy valga la pena detener la mirada en ese detalle. No como un homenaje solemne, sino como una invitación a pensar en lo que permanece, en lo que trasciende y en la deuda luminosa que tenemos con quienes abrieron las puertas por las que ahora entramos nosotros. Porque, al final, cada poeta que nos precede no es solo una voz que se extingue, sino una presencia que se vuelve senda y compañía.
Y quizá sea eso lo que más conmueve, que en medio del ruido, de la prisa, de lo fugaz, haya todavía nombres que no se marchan del todo. Nombres que ya no necesitan geografía, porque habitan un lugar más hondo, ese territorio invisible donde la palabra se vuelve permanencia. Un lugar donde el tiempo se inclina… y donde la poesía sigue respirando, más allá del último verso.
Sigamos creyendo y creando…
Juan A. Pellicer
(Editor de LP)

*la inmortalidad de la poesía y el legado del poeta que trasciende el tiempo y la geografía*
Esa inmortalidad del poeta es fruto de una palabra que ilumina que abre caminos y llega a través de los sentidos removiendo el alma. Así, coincido contigo, la obra de ciertos poetas fallecidos alcanza la «eternidad» y se convierte en una presencia permanente.
Destacó y de tu reflexión me queda:
1. El poder de la Palabra como Trascendencia y «Eternidad». La poesía no muere con el poeta.
La buena palabra continúa su viaje y le da a la obra una permanencia que va más allá de lo físico y temporal.
2. Siempre habrá oportunidad de dejar Legado y un camino de reflexiones.
3. La Poesía como Compañía Perenne y Territorio Invisible, se vuelve una senda, compañía y un refugio donde la palabra sigue respirando más allá de lo fugaz.
Por último, concluyó que, el verdadero valor y milagro de la poesía reside en su capacidad para otorgar permanencia y trascendencia al sentimiento y la palabra. Los poetas que ya no están no son voces extintas, sino que, con su legado, muestra que es la poesía un arte, un legado que vence al tiempo y al olvido.
Muchas gracias mi estimada Clara Patricia por tu reflexión y comentario a estas letras que, como te comenté en otro espacio, intentan hablar de poesía. Desde esa comunión poética, recibe como siempre un cordial y afectuoso saludo desde el Mar Menor de España.
Juan A. Pellicer
Excelente reflexión. Conmovedora y profunda. Gracias Maestro D. Juan A. PELLICER. Amalia Lateano de Argentina
Muchas gracias Amalia por hacerte eco de este «ultimo verso» que nos llevá más allá de este ahora. Un abrazo desde el Mar Menor de España.