No está enfermo, está podrido©

por | Ene 28, 2026 | 2 Comentarios

«El mal comienza cuando el hombre se acostumbra a vivir sin verdad.» (Gustave Thibon)

No está enfermo, no es incompetente, no es malo en el sentido superficial del término. Está podrido. Y conviene detenerse en esta palabra, porque no remite al error ni a la torpeza, sino a un estado elegido. La podredumbre no es una circunstancia pasajera, es una forma consciente de estar en el mundo y, en este caso, de ejercer el poder.

Confundir enfermedad con maldad es una trampa peligrosa. El enfermo padece, no decide; el incompetente yerra, pero puede aprender, corregirse o ser apartado. En ambos existe un margen para la recuperación. La maldad, en cambio, no nace de la carencia, sino de la voluntad. No se sufre, se ejerce; no se arrastra, se cultiva. Y lo más inquietante es que se disfruta pudriéndose.

El gobernante moralmente corrompido no actúa por desconocimiento ni por incapacidad. Sabe lo que hace, a quién daña y qué instituciones erosiona. Y aun así persiste, porque ha encontrado en esa degradación su zona de confort, su razón de ser. No se trata de un error, sino de una justificación consciente, porque, como señaló Nicolás Gómez Dávila, «el corrupto no se equivoca, se justifica». La perversión no es un accidente del poder, es una estrategia deliberada para habitarlo sin límites ni escrúpulos.

Pero la podredumbre no se detiene en quien la encarna. Tiene una naturaleza expansiva. El político podrido termina pudriendo a todo lo que le rodea. Contamina equipos, corrompe lealtades, premia la sumisión y castiga la dignidad. Poco a poco, los capaces son desplazados por los obedientes, los honestos por los dóciles, los críticos por los silenciosos. La corrupción deja de ser una anomalía para convertirse en método, en sistema.

Así se configura un nuevo paisaje social. Un entorno donde el hedor moral se normaliza, donde la corrupción penetra como una humedad persistente y donde la pobreza ética se asume como precio inevitable de la estabilidad. La mentira se vuelve rutina, el abuso se justifica y la indignidad se gestiona con cinismo. La decadencia ya no escandaliza, simplemente se administra.

Este es el verdadero peligro para una comunidad libre y democrática. No el error puntual ni la mala gestión, sino la lenta destrucción de los vínculos morales que sostienen la convivencia. Cuando el poder se ejerce desde la podredumbre, la sociedad se ve forzada a rebajar su umbral ético para poder sobrevivir. Se aprende a mirar hacia otro lado, a callar, a aceptar lo inaceptable como si fuera inevitable.

La tragedia no es solo que existan gobernantes moralmente descompuestos, sino que se les conceda tiempo. Porque la incompetencia puede corregirse y la enfermedad tratarse, pero la perversión no busca redención. Se reproduce, se protege y se extiende.

Un país no siempre elige a quienes lo gobiernan, pero sí decide cuánto está dispuesto a tolerar que la podredumbre se convierta en paisaje. Y esa decisión, silenciosa o explícita, determina si la comunidad resiste como espacio de libertad o se resigna a la decadencia y destrucción como destino.

Ser gobernados por un ser podrido inevitablemente degenera en una contaminación moral. Nada queda a salvo cuando quien manda ha hecho de la corrupción su respiración natural, porque se envenena el lenguaje, se deforma la ley, se degrada la convivencia y se educa a la sociedad en la renuncia. Un poder así no solo administra sino que infecta, gangrena. Obliga a elegir entre callar o corromperse, entre adaptarse o ser expulsado. Y esa es la frontera última, aceptar la podredumbre como clima o rebelarse desde la dignidad porque vivir bajo un poder podrido no significa solo ser gobernados peor, significa el riesgo real de dejar de ser quienes somos comenzando incluso a sentir en nosotros los primeros síntomas.

 

Juan A. Pellicer

Sursum Corda (arriba los corazones)

 

2 Comentarios

  1. Leonor

    Que nauseabunda realidad.

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