(La imagen que encabeza este artículo no es una fotografía de mi autoría, sino una creación digital realizada por mí especialmente para este contenido).
“Nada destruye más un país que la desvergüenza de quienes lo gobiernan.” (Montesquieu)
He vivido días intensos, días en los que la vida obliga a detenerse y escuchar el peso de uno mismo. Cuando por fin regresé a mi mesa, comprendí que la fatiga que arrastraba no era solo mía. España también parecía exhausta, como si el país entero caminara con la respiración entrecortada. Hay una desorientación que nos atraviesa, una bruma nacida del desencanto y de la miseria y podredumbre política que soportamos desde hace demasiado tiempo.
Quizá por eso, al volver a mi Santuario de las musas, ese lugar donde la indiferencia del mundo pierde fuerza y la claridad encuentra un respiro, pude observar la realidad desde un ángulo más limpio. Allí, en esa estancia que me protege del ruido y me recuerda la importancia de pensar con libertad, comprendí que parte de este cansancio colectivo proviene de convivir con una degradación moral que ya no sorprende, pero que sigue hiriendo y mucho.
No hablo solo de la corrupción económica, que se ha extendido como una mancha persistente en quienes deberían servir al país. Hablo también de algo aún más perturbador, porque como dijo Aristóteles, «la corrupción del mejor genera lo peor». Y eso es justamente lo que estamos viendo en los casos recientes de acoso y humillación sexual protagonizados por figuras relevantes del partido que gobierna. Una degeneración que nace de quienes se presentan como defensores de la virtud. Un partido que no se cansa de exhibirse como abanderado del feminismo mientras deja al descubierto, día tras día, la falsedad de sus propias proclamas. No hay mayor traición a una causa noble que convertirla en un disfraz para encubrir silenciando abusos. Y este feminismo instrumentalizado, vacío y oportunista, es quizá el más nefasto que hemos conocido.
La política debería ser el espacio donde se dignifique lo común, sin embargo se ha transformado en un escenario donde triunfa el cálculo, el relato, pero naufragando la responsabilidad. Los ciudadanos observan cómo se diluyen los principios, cómo se justifican los injustificables, cómo la coherencia ya no es una virtud pública sino un estorbo para quienes viven instalados en su propio mantra decadente y perverso. De ahí nace esta fatiga moral que impregna nuestras conversaciones y nuestro ánimo.
Y sin embargo, mientras escribía en ese santuario que tanta serenidad y paz me aporta, descubrí que el cansancio no siempre anuncia derrota. A veces es señal de lucidez. Una forma de resistencia silenciosa. El recordatorio de que seguimos atentos, activos, vivos, firmes en la exigencia de decencia y justicia. Porque este país, pese a esta familia de sin vergüenzas, se sostiene en la reserva moral de una ciudadanía que no se rinde, que no acepta la mentira ni la humillación como destino.
Hoy, al retomar lo pendiente, comprendo que lo esencial permanece. Que las palabras regresan cuando uno abre la puerta adecuada. Y que un país no descansa en el grito de quienes lo confunden con su poder -que para eso lo hacen-, sino en la dignidad silenciosa de quienes —desde su propio santuario, interior o real— siguen creyendo en él.
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Hola Juan Antonio, el Partido Socialista mal llamado Obrero Español ya no existe, en su lugar el sanchismo no cree en el feminismo que predica, solamente lo utiliza para conseguir votos, porque están demostrando ser mas machista que nadie y por supuesto para enriquecerse a costa de todos los españoles
Muchas gracias José por tu comentario el cual comprendo perfectamente. Ciertamente la historia de esta formación política está plagada de hechos deleznables y prácticas absolutamente reprochables. Un abrazo.