¿Qué le hemos hecho?©

por | Ago 12, 2026 | 0 Comentarios

«Sólo da libertad quien es libre». (María Zambrano)

A veces, cuando estoy solo, me hago preguntas para las que no encuentro respuesta, aunque sospecho que, en el fondo, algunas de ellas llevan ya su respuesta consigo. Suele ocurrirme cuando conduzco sin prisa por una carretera despejada con kilómetros de asfalto por delante y el murmullo de la radio convertido en un ruido distante; o cuando, al final del día, cierro la puerta de mi casa y el silencio me devuelve aquello que durante horas he conseguido mantener apartado. Es entonces cuando una pregunta regresa con una insistencia que comienza a inquietarme: ¿qué le hemos hecho los españoles a este presidente? ¿Qué le hemos hecho?

No hablo de partidos ni de ideologías, tampoco de quienes lo votaron o de quienes jamás lo harían. Hablo de nosotros, de la gente que madruga, trabaja, paga impuestos, educa a sus hijos, cuida de sus padres, intenta llegar a fin de mes y, pese a todo, continúa creyendo que mañana puede ser un día mejor. ¿Qué hemos hecho para ser tratados de esta manera? ¿Por qué esa permanente necesidad de dividirnos y enfrentarnos? ¿Por qué ese empeño en convertir a quien piensa de otro modo en sospechoso, adversario o enemigo? ¿En qué momento la discrepancia dejó de ser uno de los fundamentos de la democracia para convertirse en una culpa por la que algunos pretenden obligarnos a guardar silencio, rendirnos o pedir perdón?

Yo no tengo conciencia de haberle hecho nada y sospecho que la mayoría de los españoles tampoco. No lo conozco —ni ganas, por cierto—, nunca he hablado con él —ni espero hacerlo—, no le he impedido gobernar ni le he negado el derecho a defender sus ideas. Tampoco le debo obediencia, porque un ciudadano libre no obedece a quien gobierna, sino a las leyes democráticas que nos obligan a todos, incluido quien parece considerarse por encima de ellas. Quizá ahí comience el problema, en la negativa de tantos españoles a aceptar que el poder pueda decidir no solo cómo debemos vivir, sino también qué debemos pensar, qué debemos callar y hasta de qué parte de nuestra propia historia tendríamos que avergonzarnos.

Sigo conduciendo mientras la carretera continúa vacía y pienso que el poder debe de padecer una enfermedad antigua que se agrava cuanto más tiempo permanece alguien aferrado a él. Llega un momento en que quien lo ocupa deja de mirar a los ciudadanos como personas y comienza a contemplarlos como obstáculos; ya no escucha sus razones, calcula su resistencia, y en lugar de representar a una nación entera termina dividiéndola entre quienes lo sostienen y quienes le molestan. Comprendo entonces que quizá llevo formulando mal la pregunta, porque acaso no debería preguntarme qué le hemos hecho nosotros, sino qué ha hecho el poder con un presidente para alejarlo tanto de aquellos a quienes debería representar.

Un presidente puede equivocarse, fracasar, ser criticado, perder unas elecciones e incluso despertar rechazo, porque todo eso forma parte de la democracia. Lo que jamás debería permitirse es confundir el país con su partido, la discrepancia con la deslealtad y a los españoles con sus enemigos. Quien gobierna una nación no recibe con el cargo la propiedad de esa nación, ni el derecho a repartir certificados de legitimidad entre quienes aplauden y quienes se niegan a hacerlo. Como dejó escrito Theodore Roosevelt, «el patriotismo significa estar al lado del país. No significa estar al lado del presidente». España no comienza con ningún presidente ni termina cuando ese presidente abandona el poder, porque España pertenece también a quienes discrepan, protestan y se resisten a aceptar que la voluntad de un gobernante pueda situarse por encima de la dignidad de un pueblo.

Apago la radio y, mientras escucho el rumor del asfalto bajo las ruedas, vuelvo a preguntarme qué le hemos hecho. Esta vez creo que empiezo a conocer la respuesta. No le hemos hecho nada que pueda justificar tanta hostilidad; simplemente hemos continuado pensando por nosotros mismos, negándonos a obedecer sin preguntar y recordándole que España no es propiedad de ningún presidente. Quizá ese sea nuestro imperdonable delito, seguir siendo y sintiéndonos ciudadanos libres cuando algunos preferirían gobernar sobre súbditos. O quizá todo sea todavía más sencillo, simplemente somos españoles y algunos, desde el poder, han terminado necesitando que eso parezca una culpa.

Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Agosto 26

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