«Quien tiene el poder de contar la historia tiene el poder de modelar el futuro.»
(Doris Kearns Goodwin)
Jugábamos de pequeños a las “Tres en raya” sin sospechar que aquel tablero era una escuela anticipada de poder. Tres líneas, nueve casillas, y una verdad elemental que aprendíamos a golpes de derrota. No gana quien se mueve primero, sino quien sabe leer el conjunto, quien entiende que el espacio vacío también forma parte de la estrategia. Años después comprendí que aquel juego no era inocente. Era un ensayo temprano de lo que vendría.
No escribo como analista ni como cronista, ni tan siquiera como experto o profesional de nada. No dispongo de información exhaustiva ni de hechos verificados más allá de lo que nos llega, fragmentado, tardío y, con frecuencia, cuidadosamente amortiguado. Escribo desde un lugar más humilde y más incómodo que no es otro que el del espectador que se niega a aceptar la ingenuidad como coartada. El que observa, relaciona y se permite sospechar.
Veamos: en una de las casillas irrumpe la revuelta social en Irán. No como un dato, sino como una evidencia humana. Un pueblo que decide hablar sabiendo que el precio no será simbólico. Allí la disidencia no se declama, se paga. Y cuando alguien arriesga la vida por pronunciar una palabra, esa palabra deja al descubierto a quienes la pronuncian sin coste, como consigna o adorno moral.
En la casilla contigua, se instala un silencio denso, persistente, el de una izquierda progresista siempre dispuesta al gesto épico, pero sorprendentemente muda cuando la injusticia no encaja en su relato predeterminado. No es ignorancia, es selección. Denunciar exige coherencia, y esa coherencia incomoda alianzas, desafía dogmas y exige aceptar que la opresión no siempre lleva el uniforme esperado. Como dijo Saramago, ‘el silencio no es la ausencia de palabras, sino la presencia de una estrategia que se oculta detrás de ellas‘, y es precisamente en este silencio donde se esconde la complicidad, un silencio que no es vacío, sino una herramienta de poder.
La tercera ficha cae en silencio, se desliza suavemente. Pertenece a muchos medios de comunicación, expertos en transformar lo grave en ruido de fondo. No niegan los hechos, simplemente les rebajan la intensidad. Informan sin contexto, sin continuidad, sin profundidad. Lo justo para cumplir, insuficiente para despertar conciencia.
Tres realidades distintas, aparentemente inconexas. Pero alineadas revelan una lógica inquietante. Un grito que incomoda. Un silencio que protege. Una información que diluye. Tres en raya. La partida no se gana por error ni por azar, sino por la gestión del relato y la administración del silencio.
Yo no juego. O eso me repito para dormir tranquilo. Pero basta con mirar el tablero para entender que la neutralidad es la ficción más cómoda del adulto. En las tres en raya no existen espectadores, solo jugadores que aún no se han atrevido a mover ficha. Cada silencio ocupa una casilla; cada tibieza allana una línea. Y cuando alguien grita y nadie responde, la partida ya está decidida.
No hubo vencedores. Solo demasiadas casillas bien ocupadas, mientras la partida ya estaba decidida desde el principio.
¡Que paren el mundo que ya no juego más!
Juan A. Pellicer
Sursum Corda (Arriba los corazones)

Si el «Tres en raya» del poder se gana administrando el silencio, tu texto es el movimiento que rompe la partida. Escribir desde la sospecha y no desde la cátedra es, paradójicamente, el acto de mayor autoridad moral hoy en día. Nos obligan a aceptar que, en este juego, el silencio no es ausencia de sonido, sino una ficha posicionada.
Para profundizar en la gestión del relato, debemos entender que hoy las guerras y crisis no solo se libran en el terreno, sino en la percepción. El poder ya no busca convencerte de una mentira (lo cual es difícil), sino agotarte con verdades fragmentadas hasta que la parálisis sea nuestra única respuesta.
La eterna agonía de la»Saturación del ruido»
A diferencia del silencio total, aquí se utilizan el exceso de ruido. Cuando un conflicto se prolonga, la gestión del relato apuesta por la fatiga compasiva. Se introducen tantos matices, datos contradictorios y «versiones encadenadas de inagotables absurdas» que el ciudadano medio acaba concluyendo que «todo es muy complejo para opinar». Esa complejidad artificial es la casilla que ocupa el agresor para seguir operando mientras el mundo bosteza.
Enel tablero de este nuestro mar mayor
En el Mediterráneo o en las fronteras americanas, la gestión consiste en despojar al hecho de su biografía. Se informa de «flujos» o «masas», nunca de nombres. Al convertir la tragedia en estadística, se vacía la casilla de la empatía. Si no hay rostro, no hay injusticia; solo hay un «problema logístico» que gestionar de ahí la I A en el intento de darnos un número, una conveniente casilla en el tablero dispuesta con anterioridad a perder en el juego asimétrico e indignan te para los jugadores
volviendo al silencio por omisión. Aquí, la gestión del relato decide que ciertas fichas ni siquiera entran en el tableros in espacio alguno en el tablero, no interesan intereses de las demás fichas ni encajar en la estética de las ocho restantes volviendo de nuevo a la»oscuridad intencionads» que permite la explotación de recursos y la estadística del éxito.
En definitiva este juego al que nos invitas es más una trampa de juego nueve espacios donde sólo importa uno» EL MÍO «.
Gracias, Chema, por tus palabras. Coincido plenamente en que el poder ya no busca convencernos con mentiras, sino agotarnos con verdades fragmentadas que nos arrastran hacia la parálisis. Como bien dices, el silencio no es ausencia, sino una ficha posicionada, y el ruido constante busca despojarnos de la claridad. En este juego, la empatía se convierte en una casilla vacía, y el relato se distorsiona para hacernos sentir que todo es demasiado complejo para intervenir.
Tu reflexión sobre la deshumanización de las tragedias es clave. Aquí seguimos, jugando nuestras propias piezas.
Un abrazo,
Juan A.
Muy interesante, remontarme a recordar un juego, parecido a este. Entretenimiento desde la niñez, logrando habilidad que significo estrategia activas en en el pensamiento. Jugué tantas veces y hoy me encuentro con este tablero, que me hacen recordar la semejanza.con un juego inocente.
Que hermoso sería que los políticos y «dueños» del mundo dejarán de jugar o al menos jugaran honestamente. Pero esto solo podría suceder en un mundo ideal.
No te falta razón Leonor. Un beso