Umbrales

por | Jun 16, 2026 | 0 Comentarios

(fragmentos de la Nota de Autor)

Durante años creí que la vida se sostenía sobre las certezas. No sobre las grandes, esas que suelen repetirse en los discursos y en los libros, sino sobre las pequeñas, las que uno va colocando sin darse cuenta para orientarse en mitad del camino. Creí que saber quién era, qué quería, a quién amaba, qué defendía o qué lugar ocupaba en el mundo constituía una forma razonable de permanencia. Con el tiempo descubrí que no era exactamente así, porque las certezas no desaparecen de golpe sino que se desgastan, van perdiendo contorno, se van agrietando, hasta que un día dejan de responder a las preguntas que antes resolvían y, sin hacer ruido, comienzan a quedarse atrás. (…)

A medida que los años han ido depositando su sedimento sobre la memoria, también he aprendido que, paradójicamente, no todo merece ser comprendido. Hubo un tiempo en que buscaba explicaciones para casi todo. Necesitaba ordenar los acontecimientos, encontrar una lógica capaz de justificar las pérdidas, los encuentros, las renuncias y las contradicciones. Creía que la serenidad llegaría de la mano de las respuestas. Sin embargo, la experiencia terminó enseñándome algo muy distinto. La serenidad no suele nacer de comprenderlo todo, sino del hecho de aceptar que existen zonas de la existencia que permanecerán siempre fuera de nuestro alcance, porque hay “habitaciones” interiores que nunca terminan de iluminarse del todo y quizá sea precisamente esa penumbra la que nos obliga a seguir avanzando. Hay experiencias que transforman una existencia. La pérdida de quienes amamos, la enfermedad, el fracaso, el amor, el paso del tiempo, la conciencia de la propia fragilidad. Ninguna de ellas llega acompañada de ningún manual de instrucciones. Ninguna explica qué debemos hacer con aquello que nos entrega, simplemente se limitan a aparecer y a permanecer, siendo posteriormente nosotros quienes debemos aprender a convivir con lo que dejan. Tal vez por eso he terminado desconfiando de quienes siempre tienen respuestas para todo, magistrales fórmulas de andar por casa. La vida me ha enseñado más a través de las preguntas que de las conclusiones. Mucho más a través de las grietas que de las certezas. Algunas preguntas me acompañan desde hace décadas. Han cambiado las circunstancias, los lugares y los rostros, pero ellas permanecen. No son las mismas preguntas que uno formula en la juventud. Han perdido urgencia y han ganado profundidad. Ya no preguntan qué camino elegir, sino qué sentido tiene recorrerlo. Ya no preguntan qué puede esperarse de la vida, sino qué espera esta de nosotros. He aprendido a convivir con ellas sin exigirles respuesta y como digo, esto ha sido así porque quizá he descubierto -afortunadamente- que ciertas preguntas no están hechas para ser resueltas, sino para mantenernos despiertos. Son preguntas que regresan en los amaneceres silenciosos, durante una conversación inesperada o frente al recuerdo de alguien que ya no está. Preguntas que han dejado de ser una inquietud para convertirse en compañía. Quizá la madurez consista también en eso, en dejar de perseguir respuestas definitivas y comenzar a escuchar con más atención a aquellas que tienen todavía mucho que enseñarnos. (…)

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