A consecuencia de los mortales cataclismos que sacudieron a Venezuela, muchos niños fueron afectados psicológica y físicamente, enfrentando una dolorosa ruptura en sus vidas. Es cuando volteamos al cielo y nos preguntamos: ¿Por qué a un niño? La respuesta se esconde en los misterios de nuestra existencia; a nosotros solo nos queda brindarles amor y esperanza. Con ese propósito, acompañé a mi esposa y a mi hija al Hospital Infantil J.M. de los Ríos para llevar algunos regalos que alegraran sus inocentes corazones.
Mientras esperábamos a un grupo de teatro que acompañaría el recorrido, decidí ir a la cafetería. En el camino me topé con un funcionario de Defensa Civil cuyo rostro reflejaba un cansancio extremo. Me acerqué y le ofrecí un café. Con una sonrisa de sorpresa, aceptó, llevaba varias horas sin dormir.
Sentados en el cafetín, me relató que esperaban el reporte médico de una niña de diez años rescatada de los escombros de un edificio en Playa Grande, La Guaira. Había permanecido tapiada durante 48 horas. Aunque estaba estable, presentaba una fractura en el brazo, moretones y rasguños. Sin embargo, la peor herida no era física: todo apuntaba a que había perdido a sus padres y a su hermano menor. El rescatista me confesó, con la voz quebrada, que había estado removiendo escombros prácticamente con las manos. El apoyo civil era enorme, pero faltaba maquinaria pesada y especializada para salvar a más víctimas en esas horas críticas.
Le comenté que escribía para la revista española Letras de Parnaso y que deseaba documentar su labor. —Es una catástrofe dolorosa que marcará un hito en nuestra historia —le dije—. Él aceptó, pero pidió anonimato: cumplir con su deber y que el mundo se enterara por un medio internacional ya era suficiente. Acordamos llamarle «Jackson». Luego recibió una llamada de uno de sus compañeros, tenía que retirarse.
Al regresar con mi familia, el grupo de teatro ya había llegado. Vestidos como Super Mario Bros, los actores rompieron la frialdad de las salas con gestos expresivos y sonrisas. Fue como si la imaginación cobrara vida para regalarle a cada pequeño un paréntesis de felicidad en medio de su dolor. Comprendimos que los juguetes eran solo un pretexto para un encuentro mucho más humano. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.
Antes de marcharme, volví a cruzarme con Jackson. Me informó que la niña estaba totalmente estable, la fractura había sido en el cúbito y el radio. —Por lo demás, solo está asustada y llora mucho —me dijo con voz apagada y la mirada triste—. Es normal, apenas tiene diez añitos y le tocó vivir una desdicha demasiado grande.
Un nudo opresivo se me formó en la garganta y solo pude responder con un suspiro. En ese momento me puse en sus zapatos y entendí lo duro de su labor al salvar vidas. Nos estrechamos la mano fuertemente, prometiendo seguir en comunicación.
Marchamos del hospital con el corazón transformado. En este momento histórico tan duro, entendimos que las catástrofes pueden derrumbar las estructuras más altas, pero jamás la voluntad de un pueblo que se levanta entre los pasillos del dolor para construirle una sonrisa a su futuro.
Ernesto Marrero
Corresponsal de Letras de Parnaso en Venezuela
Agosto 26


Gracias compañeros de letras Ernesto Morrero y Juan Antonio Pellicer: por acercarnos a esta realidad de profundo dolor e impotencia: tan solo al imaginar cada escenario interminable y desolador. Gracias a la fortaleza espiritual del ser humano, como el de nuestra niña superviviente: de tan solo 10 años que resistió de manera milagrosa lo inimaginable. Bendiciones Venezuela y toda su gente.
Me faltan palabras ante el relato de Ernesto Marrero. Gracias por su solidaridad. Y a nuestros hermanos venezolanos, a nuestros hermanos colombianos y ahora también a nuestros hermanos granadinos, para todos ellos, mis oraciones y mí abrazo.